Todavía no pasaban muchas cosas que iban a pasar, y todavía había un pequeño mar casi despoblado. Nomás bastaba bajar la montañita y luego seguir otro poco, hasta que un pequeño arroyo se convertía en un lago enorme que era casa de aves y peces. Los hombres se acercaban a pescar y a cosechar los…

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Ameyali y la Señora de las Flores

Ameyali tomaba su cántaro y caminaba los treinta metros que separaban su casita del arroyo que era su manantial de agua

Todavía no pasaban muchas cosas que iban a pasar, y todavía había un pequeño mar casi despoblado. Nomás bastaba bajar la montañita y luego seguir otro poco, hasta que un pequeño arroyo se convertía en un lago enorme que era casa de aves y peces.

Los hombres se acercaban a pescar y a cosechar los que habían sembrado. Parecía como si cada planta tuviera su nombre y bien que sabía cuales eran las manos que las habían cuidado. Ellas correspondían acogiendo mariposas y pajaritos de todos los colores que cada mañana iban a visitarlas.

Todos los días, cuando el sol apenas levantaba la cabeza, Ameyali tomaba su cántaro y caminaba los treinta metros que separaban su casita del arroyo. Treinta metros que para sus piecitos eran más largos y porque en ese camino había que saludar.

Y había que saludar bien: los pajaritos la recibían con un trino corto y agudo, que era su manera de decir buenos días. Las mariposas se le venían encima, le caminaban por los hombros, se le sentaban en el borde del cántaro, como quien acompaña. Nadie lo encontraba raro. En ese camino, simplemente, las cosas tenían costumbres.

El arroyo también la conocía muy bien. Cuando Ameyali se acercaba, el agua se quedaba quieta un instante, como tomando aliento, y después se dejaba llenar el cántaro sin chapotear.

Una tarde —de esas en que la luz cae inclinada y dorada, como miel— el arroyo andaba cantando distinto. Ameyali llenó el cántaro, se sentó en la piedra de siempre, y el agua le murmuró algo que no entendió del todo pero que sonaba a canción de cuna.

Ameyali cerró los ojos.

—solo un momentito, pensó.

Se quedó dormida del modo en que duermen los manantiales: profunda, quieta, respirando tan despacio que entre un aliento y el otro pasaba la tarde entera.

Cuando su mamá llegó, la niña estaba tendida sobre la hierba, con las manos junto al cántaro lleno y una paz en la cara que no parecía de este lado del sueño.

—hijita—la llamó con paciente y confiada.

La sacudió con suavidad y le mojó los labios con agua del arroyo.

Nada.

Y alrededor de la niña flotaba un olor a flores que nadie había sembrado: un olor a jardín entero, en medio del camino.

La mamá corrió por el tío, un señor ya muy entrado en años que tenía más fuerza con sus palabras que con sus brazos.

Entre los dos la levantaron.

—Todavía pesa poco —dijo el tío sonriente y acomodándola en sus brazos—. Como si se hubiera quedado dormida en otro lugar y aquí solo nos prestara el cuerpo.

Caminaron de regreso bajo una luna que llegó antes de tiempo solo para alumbrarlos, y detrás iba una procesión de mariposas, en fila, calladitas, como si también ellas cargaran algo.

O acaso supieran.

Ya en su casita, la acostaron, encendieron un puñito de copal en una vasija, y la mamá se sentó a velar. Toda la noche la fue llamando con la voz, despacito, y toda la noche el olor a flores creció, hasta que la casa entera olía como el sueño de alguien.

En la madrugada, cuando el cielo todavía era del color del agua profunda, Ameyali por fin abrió los ojos.

—Mamita —dijo, como si hubiera pasado apenas un rato—. Tuve un sueño.

Se abrazaron los tres, y se rieron y lloraron al mismo tiempo, porque eso también es un buen sentimiento y ya estaban empezando a honrarlo. Y Ameyali, muy seria, les contó:

Había visto a una Señora hermosísima, rodeada de flores. Todas las flores: las del monte, las del mercado, las que ya se secaron y las que todavía no nacen. El manto de la Señora estaba hecho de pétalos, y su cara era como la de todas las madres al mismo tiempo.

Estaba sentada junto a un manantial inmenso, más grande que todos los arroyos juntos, y el agua salía cantando.

—Me dijo: “Honren todos los buenos sentimientos que salgan de sus corazones. Todos: los grandes y los chiquitos, porque de ellos se hace el agua que nunca se acaba.”

—¿Y luego? —preguntó la mamá.

—Luego me puso una flor en las manos.

Cuando terminó de contar, Ameyali abrió las manos. No traía nada. Pero en la casa todos alcanzaron a oler, por un instante, la flor que no traía.

Amaneció, y esa mañana descubrieron que el camino de la casita al arroyo —los treinta metros de siempre— había florecido de la noche a la mañana, de flores que nadie plantó.

Desde entonces, en esa casa no se dejó pasar un solo buen sentimiento. Cuando alguien sentía ganas de ayudar, ayudaba ahí nomás. Cuando sentía cariño, lo decía en voz alta, aunque le diera pena.

Todo el pueblo fue aprendiendo la costumbre, poco a poco, como se aprenden las cosas buenas.

Ameyali sigue yendo todos los días por el agua. Los pajaritos la saludan, las mariposas la acompañan, y el arroyo, cuando ella se acerca, se queda quieto un instante, como tomando aliento.

Dicen que hay días en que el agua sabe a flores. Son los días en que alguien, en alguna casa, acaba de honrar un buen sentimiento.

Y si alguna tarde alguien se queda dormido junto al arroyo, no lo despierten con prisa: quizá la Señora anda cerca, repartiendo flores.