Hubo un tiempo, en México, en que ser niño era ser dueño de una bicicleta. Y no cualquier bicicleta. Una Vagabundo. Porque las había normales, sí. Las había de canasta, de las que llevaban las señoras al mandado. Las había de carreras, con esos manubrios curvados hacia abajo que solo usaban los que se creían en la…

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La Vagabundo: la bici que rugía como Harley

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Hubo un tiempo, en México, en que ser niño era ser dueño de una bicicleta.

Y no cualquier bicicleta. Una Vagabundo.

Porque las había normales, sí. Las había de canasta, de las que llevaban las señoras al mandado. Las había de carreras, con esos manubrios curvados hacia abajo que solo usaban los que se creían en la tour de france. Y las había de niño chiquito, con esas ruedecitas humillantes que nadie quería tener pegadas a la suya.

Pero luego estaba la Vagabundo.

La Vagabundo era otra cosa.

La Vagabundo era chopper. Era el asiento largo tipo banana, el respaldito atrás como si fueras a llevar a alguien de aventón hasta Acapulco, el manubrio alto como cuernos de toro, y ese aire general de motocicleta Harley Davidson disfrazada de bicicleta para que los papás la compraran sin sospechar que estaban criando un rebelde.

Fabricadas por Windsor allá por los años dorados de la bici en México, las Vagabundo eran resistentes como tanques, pesadas como remordimiento, y las heredaba un primo al hermano menor hasta que llegaban a la cuarta generación todavía rodando.

Pero eso era solo el principio.

Porque tener una Vagabundo no bastaba. Había que tunearla.

El Frutsi como tecnología de punta

En aquel México sin internet, sin videojuegos serios y con la calle como universo entero, los niños teníamos nuestros propios avances tecnológicos. Y uno de los más nobles, más democráticos y más gloriosos fue este:

El bote de Frutsi apachurrado y atorado en los rayos de la rueda trasera.

No sé quién lo inventó. Nadie lo sabe. Pero de pronto todos lo teníamos. Bastaba con tomarse un Frutsi de uva o de manzana(que sabía exactamente a Frutsi. Y eso era toda una categoría de sabor.), aplastar el botecito con la suela del tenis hasta dejarlo casi plano, y meterlo cuidadosamente entre los rayos de la rueda de atrás.

Y entonces pasaba la magia.  

Al pedalear, el bote iba golpeando cada rayo con un ritmo constante, produciendo un rugido metálico, seco, potente, que rebotaba en las paredes de la colonia entera. Lográbamos hacernos de ese sonido que la misma Harley Davidson pretende adueñarse.. O al menos así sonaba en nuestros oídos de nueve años, que es lo que importa.

Uno salía a la calle con su Vagabundo tuneada y ya no era un niño. Era un jinete del aslfalto. Era un motociclista de verdad. Era libre.

Los vecinos, en cambio, escuchaban un ruido infernal y solían hacer gestos cuando pasabas. Pero eso también formaba parte del ritual.

Y si era por ahí de septiembre, hasta con un buscapies podían terminar.

En casos más extremos con una paloma entre los pies.

Aprender a andar: la maldición del asiento banana

Ahora, no fue un camino fácil. La Vagabundo tenía un problema serio: era una pésima bici para aprender a andar.

Con ese asiento larguísimo, ese centro de gravedad raro, esos manubriazos altos… cualquier niño con instinto de supervivencia entendía que ahí no había forma humana de mantener el equilibrio en los primeros intentos.

Y sin embargo, uno se negaba rotundamente a que le pusieran las famosas “llantitas”. Antes muerto que llantitas. Las llantitas eran para bebés. Uno prefería caerse cien veces, raspar rodillas, dejar sangre en el pavimento y volver a casa cojeando, antes que ceder a la humillación de las rueditas de entrenamiento.

Y así uno se pasaba semanas, meses a veces, intentando domar a la Vagabundo sin lograrlo del todo.

Hasta que un buen día se subía a una bici normal —de esas prestadas por el hermano mayor— y descubría, para su asombro, que ya sabía andar.

Había aprendido en el suelo. A base de porrazos. Con la Vagabundo enseñándole al niño, sin que el niño lo supiera, que había ganado el pulso.

Las rampas, los saltos y la gloria

Y a partir de ahí, ya no había quién nos parara.

Rampas improvisadas con tablones y ladrillos robados de alguna obra en construcción. Saltos que parecían superaban a los que tenían una mongoose o kuwahara. Carreras contra el vecino de enfrente hasta la esquina y de regreso. Frenadas dramáticas con derrape para dejar marca de neumático en la banqueta.

Y de fondo, siempre, el rugido inconfundible del Frutsi contra los rayos, sonando a Harley, sonando a libertad, sonando a ese momento exacto de la infancia en que uno cree, con toda su alma, que va a ser rebelde para siempre.

El presente: la Vagabundo hipster

Hoy la Vagabundo ya no se fabrica. Las que quedan andan por ahí, algunas oxidadas en patios traseros, otras rescatadas por hipsters con barba que las restauran, les ponen asiento nuevo, y las cuelgan en cafés de la Roma o de la Condesa como si fueran obras de arte.

Y en el fondo tienen razón: lo son.

Pero no en el sentido que ellos creen.

Porque cada Vagabundo cargó a un niño de una época que ya no volverá. Una época en la que la calle era ancha, el tiempo era largo, y la felicidad venía apachurrada dentro de un botecito de Frutsi de fresa.

Los que la tuvimos, la recordamos.

Y los que no…

Bueno.

Los que no, tampoco saben qué se siente rugir como Harley con una bici pintada de rojo, un jugo de fruta en el estómago, y toda una tarde de cualquier día y sin hacer la tarea por delante.

Era lo que había.

Y era todo.