Don Eulogio llevaba cincuenta y dos años despertándose antes que el sol. A las cuatro de la mañana, cuando la neblina aún se enredaba en los cafetales para ir repartiendo ese rocío por todas las plantas como si fueran lágrimas de esperanza, él ya estaba en la cocina de su casa de adobe, moliendo los…

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El café de los espejos

historias humanas de los campos de chiapas

Don Eulogio llevaba cincuenta y dos años despertándose antes que el sol. A las cuatro de la mañana, cuando la neblina aún se enredaba en los cafetales para ir repartiendo ese rocío por todas las plantas como si fueran lágrimas de esperanza, él ya estaba en la cocina de su casa de adobe, moliendo los granos que había tostado la tarde anterior. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el olor a tierra mojada y a leña quemada, un perfume que, según decía su abuela, “ahuyentaba a los malos espíritus y atraía a los ángeles cansados”.

Su café era famoso en el pueblo. “El mejor de Chiapas”, decían los viejos mientras sorbían el líquido espeso y dulce, con ese regusto a canela, piloncillo, y algo que no se podía nombrar. Don Eulogio lo preparaba con el mismo cariño con que su padre le había enseñado: “El café no es solo grano, m’hijo. Es sudor, es paciencia, es el alma de la tierra”. Y así lo hacía, como si cada taza fuera un rezo.

Pero por más que vendía, por más que los turistas se llevaban bolsas de grano tostado “para recordar el sabor de Chiapas”, el dinero nunca alcanzaba. Sus hijos, tres varones y una mujer, habían crecido entre los cafetales, pero ninguno quiso quedarse. “Aquí no hay futuro, papá”, le decían.

El mayor se fue a Cancún a vender artesanías; el segundo, a la Ciudad de México a trabajar en un taller mecánico; la única hija, a estudiar enfermería en Tuxtla. Solo el menor, el más callado, se quedó un tiempo, hasta que una mañana lo encontraron dormido en el suelo del cafetal, con las manos llenas de granos verdes y una sonrisa en los labios. “Se fue con los duendes”, susurró la vecina.

Don Eulogio no dijo nada. Sabía que los duendes no se llevaban a la gente así nomás.

Una tarde, mientras tostaba café en el comal, escuchó un ruido detrás de él. Era una mujer vieja, tan vieja que parecía hecha de corteza de árbol, con los ojos amarillos como el ámbar. “Necesito un café, Eulogio”, dijo, aunque él no recordaba haberla visto antes. “Uno bien cargado, como los de antes”. Don Eulogio le sirvió una taza sin preguntar. La mujer bebió despacio, cerrando los ojos, y cuando terminó, dejó unas monedas sobre la mesa. “Esto no es dinero”, murmuró él, pero al tocar las monedas, sintió que quemaban.

Eran granos de café tostados, duros como piedras.

“El café que no se enfría nunca es el que se hace con lágrimas”, dijo la mujer. “Tú lloras en silencio, Eulogio. Por eso tu café es bueno, pero no te hace rico”. Don Eulogio quiso responder, pero la mujer ya no estaba. Solo quedó el aroma a canela y a tierra mojada.

Al día siguiente, encontró un árbol nuevo en medio del cafetal. Era un cafeto joven, pero sus hojas brillaban como si estuvieran cubiertas de rocío, incluso bajo el sol del mediodía. Don Eulogio lo tocó y sintió que la savia corría bajo su piel. “Este es diferente”, pensó.

Y lo fue.

Los granos de ese árbol no se vendían. Se regalaban. Quien los probaba, sentía algo extraño: unos decían que veían el rostro de sus abuelos en el vapor de la taza; otros, que escuchaban risas de niños en el fondo del pocillo. Don Eulogio no entendía, pero siguió tostando esos granos en secreto, mezclándolos con los demás. Poco a poco, la gente empezó a llegar de lejos. No eran turistas, sino personas que buscaban algo más que un café.

Buscaban consuelo.

Una noche, mientras Don Eulogio dormía, soñó con su hijo menor. Estaba sentado bajo el cafeto brillante, sonriendo, con una taza en las manos. “Aquí el café nunca se enfría, papá”, le dijo. “Porque está hecho con lo que no se puede vender: el amor, la memoria, las cosas que se quedan”. Don Eulogio despertó con las mejillas húmedas.

Al amanecer, encontró una carta bajo la puerta. Era de su hija. “Papá, me voy a quedar en el pueblo. Quiero aprender a hacer tu café”. Don Eulogio sonrió por primera vez en años.

El cafetal siguió dando granos, pero ahora había algo más en el aire. Quizás los ángeles no estaban cansados, o quizás solo el viento que traía historias de otros tiempos. Lo cierto es que, desde entonces, nadie en el pueblo pasó hambre. Porque el café de Don Eulogio, el que nunca se enfriaba, se había convertido en algo más que una bebida.

Se había convertido en un milagro.

Don Eulogio despertó cuando la niebla aún era un gato de plata rondando los cafetales de Los Altos

Se estima que actualmente en Chiapas y Oaxaca existen alrededor de 280,000 pequeños productores de café. En México, la inmensa mayoría de los caficultores (más del 90-95%) se consideran de pequeña escala. Estos campesinos trabajan en minifundios o parcelas menores a las 2 o 5 hectáreas en regiones principalmente indígenas y de alta marginación

Son muchas las marcas que se ufanan de promover los precios justos en las zonas altas de Chiapas y Oaxaca, pero los campesinos de la tierra, esos que hacen que día tras día el milagro sea posible, siguen regando sus cafetos con las lágrimas de la esperanza.