
En la selva de los Tuxtlas, donde los árboles sudan de calor y las piedras se agrietan de sed cada abril, había una venada que todas las mañanas bajaba al río con dos cubetas de madera amarradas a los cuernos, porque el agua era un lujo y el jaguar era un tirano, y sus hijitos no podían beberse las lágrimas de su madre aunque ella llorara todas las noches.
El jaguar que se creía dueño de la lluvia
Balam era un jaguar macho de ciento veinte kilos, con un pelaje que parecía pintado por un surrealista que hubiera usado tinta china sobre oro viejo. Era el animal más peligroso en cincuenta kilómetros a la redonda. Pero también era, y esto es importante decirlo desde el principio, un insoportable.
Balam estaba convencido de que el estanque le pertenecía. No por derecho de conquista ni por herencia ni por ningún documento legal, sino porque una noche de luna llena, cuando era cachorro, su abuelo le había contado que los jaguares eran los guardianes originales del agua y que antes de que llegaran los hombres con sus bombas y sus tuberías, toda el agua del mundo les pertenecía a los felinos manchados. Balam, que de cachorro era tan tonto como cualquier cachorro, se creyó la historia al pie de la letra, y cuando creció y se hizo grande y fuerte y sus colmillos ya podían partir el fémur de un venado como si fuera una rama seca, decidió que la profecía de su abuelo era ley y que el estanque era suyo y que cualquier animal que quisiera beber de ahí tenía que pedirle permiso primero.
Y el permiso de Balam era caro.
A los coatíes les cobraba tres mangos diarios. A los monos araña, una rama de plátano maduro cada mañana. A los reptiles, que son los más pobres de la selva, les cobraba una reverencia y un insulto a su madre, que aguantaban con la dignidad de quien ya está acostumbrado a que lo humillen. Y a los venados, que eran los que más agua necesitaban porque daban de mamar, les cobraba la mitad de su comida del día, lo cual era una sentencia de muerte lenta para las madres como Lucero, que ya de por sí andaban flacas y con las costillas marcadas como las teclas de una marimba.
—El agua es mía —rugía Balam cada mañana desde su roca favorita, que era una piedra plana y lisa en medio del estanque donde se acostaba a tomar el sol con la panza llena y la conciencia vacía—. Yo la cuido. Yo la protejo. Sin mí, este estanque sería un charco de lodo donde beberían los cerdos y las gallinas. Yo soy la autoridad del agua y el que no esté de acuerdo que venga a decírmelo a la cara, si tiene valor y si le sobra piel.
Nadie iba a decírselo a la cara. Balam medía dos metros de la nariz a la cola y tenía unas garras que parecían cuchillos de carnicero. La última vez que un jabalí intentó desafiarlo, Balam le arrancó una oreja de un zarpazo y el jabalí se fue corriendo a llorar a su madriguera y nunca más volvió al estanque. Desde entonces, los animales de la selva preferían caminar cinco kilómetros río arriba para beber de un charquito turbio que arriesgarse a que Balam les cobrara el peaje o, peor aún, les cobrara la vida.
Las cubetas de madera de cedro
Lucero no podía caminar cinco kilómetros río arriba. Sus hijitos eran demasiado pequeños para la caminata y demasiado débiles para la sed. Sol ya había empezado a orinar de color oscuro, que es la forma en que los cervatillos le dicen al mundo que se están deshidratando, y Luna tenía los labios agrietados y la lengua seca como una hoja de maíz en noviembre. Así que Lucero hizo lo que hacen todas las madres cuando el mundo se pone imposible: improvisó.
Consiguió dos cubetas de madera de cedro que un leñador había perdido en la selva hacía muchos años, cuando la madera todavía era abundante y los leñadores eran descuidados. Las cubetas eran viejas y estaban un poco torcidas, pero todavía aguantaban agua si una no las llenaba hasta el borde y si no corría demasiado rápido por la vereda.
Lucero las amarró a sus cuernos con bejucos de liana, que son resistentes y elásticos y huelen a tierra mojada, y desde entonces todas las mañanas, antes de que el sol saliera del todo y antes de que Balam se despertara de su siesta nocturna, bajaba al río en silencio, llenaba las dos cubetas con el agua más clara que podía encontrar y subía la cuesta de regreso a su escondite con el cuello tenso y las patas temblorosas, derramando la mitad del agua por el camino pero llegando siempre con lo suficiente para que Sol y Luna bebieran y sobrevivieran un día más.
Era un trabajo brutal.
La cuesta era empinada y pedregosa, y las cubetas llenas le pesaban como si cargara dos piedras de molino en la cabeza. A veces llegaba arriba con el cuello tan adolorido que no podía bajar la cabeza para comer hierba y tenía que esperar a que los músculos se le aflojaran, lo cual podía tomar horas. Otras veces las cubetas se le resbalaban de los cuernos y el agua se derramaba entera entre las piedras y Lucero se quedaba mirando el charco que se secaba en segundos bajo el sol y sentía ganas de acostarse ahí mismo y no levantarse nunca más. Pero luego escuchaba los gemidos de Sol y Luna desde el escondite, esos gemidos suaves y agudos que hacen los cervatillos cuando tienen sed y miedo, y se levantaba y volvía a bajar al río, aunque las patas le temblaran y el corazón le latiera tan fuerte que parecía que se le iba a salir por la garganta.
Doña Nauyaca y su lengua de dos puntas
Lucero no habría sobrevivido ni una semana sin doña Nauyaca.
Doña Nauyaca era una serpiente de un metro ochenta de largo, con un cuerpo grueso y escamoso del color de la tierra seca. Era vieja, sabia y terriblemente chismosa, que son las tres cualidades más valiosas que puede tener una aliada en la selva. Vivía enroscada en un hueco entre las raíces de un amate gigante que estaba a medio camino entre el escondite de Lucero y el estanque de Balam, lo cual la convertía en el puesto de vigilancia perfecto.
Doña Nauyaca tenía una lengua bífida que le servía para dos cosas: para oler el aire y para hablar de dos temas al mismo tiempo, que es un talento que los humanos envidiarían si lo supieran. Con la punta izquierda de la lengua olía si Balam estaba despierto o dormido, y con la punta derecha le contaba a Lucero los chismes más recientes de la selva: que la iguana del cerro norte estaba embarazada de gemelos, que el armadillo del camino viejo se había peleado con su suegra, que los monos araña estaban planeando una huelga contra el peaje de Balam pero que todavía no se ponían de acuerdo en quién iba a ser el líder porque todos querían el puesto y nadie quería el riesgo.
—Balam está dormido —le susurraba doña Nauyaca cada mañana, sacando la cabeza de su hueco con la lentitud de un periscopio—. Pero tiene el sueño ligero hoy porque anoche se comió un venado grande y la digestión lo tiene inquieto. Tienes doce minutos antes de que se despierte y empiece a rugir. No te entretengas, Lucero. Llena las cubetas y vete.
Lucero le hacía caso. Doña Nauyaca nunca se equivocaba. Su lengua bífida podía oler el miedo a tres kilómetros de distancia y el rugido de un jaguar a cinco, y además tenía la costumbre de dormir con un ojo abierto, que es algo que las serpientes hacen de forma natural y que las convierte en las centinelas más eficientes del mundo animal.
La amistad entre Lucero y doña Nauyaca era antigua y improbable, como todas las amistades verdaderas. Había empezado hacía muchos años, cuando Lucero era una cervatilla y doña Nauyaca era una serpiente joven y ambas se encontraron una noche de lluvia en medio de un camino de lodo. Lucero se había perdido de su madre y doña Nauyaca se había perdido de su nido, y las dos estaban asustadas y mojadas y solas, y por alguna razón que ninguna de las dos ha podido explicar nunca, en lugar de huir la una de la otra, se acurrucaron juntas debajo de una hoja de plátano y pasaron la noche compartiendo calor y silencio. Desde entonces eran inseparables, aunque la selva las mirara con sospecha, porque en la selva las venadas y las serpientes no suelen ser amigas, y cuando algo rompe las reglas de la naturaleza, la naturaleza tarda en perdonarlo.
—Tú me salvaste la vida aquella noche —le decía Lucero a doña Nauyaca cada vez que la serpiente le avisaba de un peligro.
—Y tú me salvaste la dignidad —respondía doña Nauyaca—, que es más importante que la vida, aunque nadie lo crea.
Los periquitos que veían el futuro desde las nubes
Si doña Nauyaca era los ojos de Lucero en la tierra, los periquitos eran sus ojos en el cielo.
Eran una parvada de treinta o cuarenta periquitos atolondrados, verdes como la envidia y ruidosos como una asamblea de ejido, que vivían en las copas de los árboles más altos de la selva y que tenían la costumbre de ver todo desde arriba, lo cual los convertía en los mejores vigías del mundo pero también en los peores chismosos, porque desde arriba todo se ve pequeño y todo parece insignificante, y los periquitos habían desarrollado la mala costumbre de narrar la vida de los demás con demasiada ligereza y muy pocos detalles.
—¡Lucero! ¡Lucero! —gritaba Pío todas las mañanas desde la copa de una ceiba, aleteando con tanta fuerza que se le caían plumas—. ¡Balam se está desperezando! ¡Ya abrió el ojo izquierdo! ¡Tienes ocho minutos! ¡Ocho minutos, Lucero, ni uno más, porque cuando abra el ojo derecho va a empezar a rugir y cuando empieza a rugir ya no hay quien lo pare!
Los periquitos no solo vigilaban a Balam. También le avisaban a Lucero de otros peligros: los cazadores humanos que subían por la vereda del norte con sus escopetas y sus perros flacos, las águilas que bajaban en picada cuando los cervatillos salían del escondite, las tormentas que venían del Golfo y que llegaban tan rápido que a veces no daba tiempo ni de buscar refugio. Los periquitos veían todo desde arriba, y todo lo contaban, y lo contaban tan fuerte que a veces Lucero tenía que pedirles que bajaran la voz porque sus gritos despertaban a Balam antes de tiempo y entonces todo el plan se venía abajo.
—¡Perdón, perdón! —decía Pío, y bajaba la voz durante exactamente treinta segundos antes de volver a gritar como si le estuvieran arrancando las plumas—. ¡PERO ES QUE VIENE UN COYOTE POR EL ESTE Y SI NO TE LO DIGO TE LO COME Y DESPUÉS ME CULPAS A MÍ! GRRRRRRRR.
Lucero los quería a pesar de todo. Eran ruidosos y exagerados y un poco insoportables, pero eran leales, y en la selva la lealtad es una moneda más valiosa que el agua, que ya es decir.
El día en que el río se cansó
Todo cambió un martes de mayo, el día más caliente que la selva de los Tuxtlas había visto en veinte años. El sol cayó sobre la tierra como una maldición, y el aire se volvió tan seco que las hojas de los árboles crujían al tocarlas y las piedras se partían solas, como si la tierra entera se estuviera desmoronando de sed.
El Río de las Garzas, que ya de por sí era un hilo de agua triste, se secó por completo en la parte alta. El agua dejó de correr y el lecho del río se convirtió en una cicatriz de lodo agrietado donde los peces morían boca arriba con los ojos abiertos, mirando al cielo con una expresión de reproche que a Lucero le partía el alma. El único lugar donde todavía quedaba agua era el estanque de Balam, que estaba alimentado por un manantial subterráneo que brotaba de las entrañas de la tierra y que ni siquiera la sequía más feroz había logrado secar.
Balam, por supuesto, estaba encantado con la situación. Se acostó en su roca plana con la panza en el agua fresca y rugió con una satisfacción que hizo temblar los árboles en un radio de tres kilómetros.
—¡Lo dije! —gritó, y su voz rebotó en los cerros como un trueno seco—. ¡El agua es mía! ¡Siempre fue mía! ¡Los demás ríos se secaron porque no tenían un jaguar que los cuidara, pero mi estanque sigue lleno porque yo soy el guardián y el rey y el dueño absoluto de cada gota que hay en esta selva! ¡El que quiera beber que venga a arrodillarse, y el que no quiera que se muera de sed, que para eso están los débiles, para morirse y dejarles el espacio a los fuertes!
Los animales de la selva estaban desesperados. Los coatíes cavaban agujeros en la tierra buscando humedad y solo encontraban polvo. Los monos araña chupaban las hojas y los tallos que encontraban. Los tlacuaches, que ya eran los más pobres, ahora eran también los más sedientos, y caminaban por la selva con la boca abierta y los ojos vidriosos, como fantasmas de sí mismos.
Lucero bajó al río esa mañana con sus dos cubetas de cedro y se encontró con que el camino habitual estaba seco. El hilo de agua que usaba para llenar las cubetas había desaparecido, y en su lugar solo había una costra de lodo que se desmoronaba bajo sus cascos. Miró hacia el estanque de Balam y vio el agua brillando a lo lejos, azul y fresca y cruel, y sintió que las patas le temblaban no de cansancio sino de rabia, que es un sentimiento que las venadas no suelen tener pero que cuando lo tienen es terrible, porque una venada enojada es como un río desbordado: imparable y destructiva.
—No puedes ir al estanque —le susurró doña Nauyaca desde su hueco, con la voz más grave y más triste que Lucero le había escuchado en su vida—. Balam está despierto desde las tres de la mañana. No ha dormido. Está sentado en su roca con los ojos abiertos y los colmillos afuera y ha jurado que al primer animal que se acerque sin permiso le va a arrancar la cabeza de un mordisco. Ya mató a un mapache esta mañana. El pobre nomás quería mojar la lengua.
—Mis hijos se van a morir de sed —dijo Lucero, y su voz no temblaba, lo cual era más aterrador que si hubiera gritado.
—Lo sé —dijo doña Nauyaca, y por primera vez en su vida de serpiente, sus ojos de cristal parecieron humedecerse—. Lo sé, Lucero. Pero si vas al estanque, Balam te va a matar, y entonces Sol y Luna se van a morir de todos modos, pero de hambre en lugar de sed, que es una muerte más lenta y más fea.
Lucero se quedó quieta un momento, con las cubetas vacías colgándole de los cuernos como dos campanas mudas. El sol le quemaba el lomo y el polvo le secaba la garganta y el mundo entero parecía un horno de cal donde nada vivo podía sobrevivir más de unas horas.
Entonces, desde la copa de la ceiba más alta, se escuchó la voz de Pío.
—¡LUCERO! ¡LUCERO! —gritó el periquito, y por primera vez su voz no sonaba atolondrada ni exagerada sino urgente y clara, como una flecha que da en el blanco—. ¡VEN A LA CEIBA! ¡TIENES QUE VER ESTO! ¡ES IMPORTANTE! ¡MÁS IMPORTANTE QUE EL AGUA! ¡MÁS IMPORTANTE QUE BALAM! ¡MÁS IMPORTANTE QUE TODO! GRRRRRRRRRRRRR.
Lucero subió la cuesta con las últimas fuerzas que le quedaban y cuando llegó a la base de la ceiba, Pío bajó volando en espiral y se posó en su cuerno izquierdo, entre las dos cubetas vacías, y le dijo al oído, con una voz tan baja que los demás periquitos no pudieron escuchar:
—El manantial de Balam no nace en su estanque. Nace debajo de la montaña, en una cueva que está a dos kilómetros al norte. El agua pasa por debajo de la tierra y brota en el estanque, pero la fuente verdadera está en la cueva. Si tú llegas a la cueva antes que Balam, puedes beber agua limpia sin que él se entere. Y puedes llenar las cubetas. Y puedes llevarles agua a todos los animales de la selva, no solo a tus hijos.
Lucero lo miró con sus ojos grandes y cansados.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó.
Pío infló el pecho y la mancha roja de su frente brilló como una brasa.
—Porque somos periquitos, Lucero. Vemos todo desde arriba. Vemos los ríos que corren por encima de la tierra y los ríos que corren por debajo. Vemos las raíces de los árboles y las venas de las montañas. Vemos lo que los jaguares no ven porque los jaguares siempre miran hacia abajo, hacia su propio reflejo en el agua, y nunca miran hacia arriba, hacia el cielo, que es donde están las respuestas.
La noche en que la selva entera bajó a beber
Lucero no fue sola. Esa noche, cuando la luna se escondió detrás de las nubes y la selva se volvió tan oscura que ni los jaguares podían ver más allá de sus narices, Lucero caminó hacia la cueva del manantial acompañada por doña Nauyaca, que se deslizaba entre las piedras con el sigilo de un río subterráneo, y por la parvada entera de periquitos, que volaban en silencio por primera vez en su vida, con las alas amortiguadas y los picos cerrados, formando una nube verde y muda sobre la cabeza de la venada como un ejército de ángeles diminutos.
La cueva estaba escondida detrás de una cortina de helechos, en la base de un cerro que los humanos llamaban Cerro del Tigre porque tenía la forma de un jaguar acostado, lo cual era una ironía que a Lucero le pareció de mal gusto. Dentro de la cueva, el manantial brotaba de la roca con un sonido suave y constante, como el latido del corazón de la tierra, y el agua era tan clara y tan fría que Lucero sintió que se le curaban todas las heridas del cuello y de las patas y del alma con solo meter el hocico en el charco.
Llenó las dos cubetas de cedro hasta el borde. Luego bebió ella, largamente, con la desesperación de quien lleva semanas tragando polvo. Y luego, con la ayuda de doña Nauyaca, que empujaba las cubetas con la cabeza para que no se volcaran, y con la vigilancia de los periquitos, que avisaban en susurros desde la entrada de la cueva, Lucero hizo algo que ningún animal de la selva había hecho en muchos años: llevó agua a los demás.
Primero a Sol y Luna, que bebieron de las cubetas con tanta urgencia que se atragantaron y tosieron y luego volvieron a beber, y sus ojos oscuros recuperaron el brillo que la sed les había robado. Luego a los tlacuaches, que lloraron de gratitud con sus ojos pequeños y miopes y le lamieron los cascos a Lucero como si fuera una santa. Luego a los coatíes, que bebieron en silencio y con dignidad, que es la forma en que los coatíes hacen todo. Luego a los monos araña, que bajaron de los árboles con sus brazos largos y sus caras tristes y bebieron del agua que Lucero les ofrecía en una hoja de plátano doblada como un cuenco.
Y así, noche tras noche, Lucero se convirtió en el río ambulante de la selva. Todas las madrugadas bajaba a la cueva con sus dos cubetas de cedro, las llenaba en el manantial secreto y las repartía entre los animales más débiles, los más viejos, los más pequeños, los que no podían llegar al estanque de Balam ni aunque quisieran arrodillarse. Doña Nauyaca le abría el camino, oliendo el aire con su lengua bífida para asegurarse de que no hubiera peligros. Los periquitos le iluminaban la vereda con su presencia, porque aunque no brillaban de verdad, su aleteo constante movía las hojas de los árboles y dejaba entrar hilos de luz de luna que le servían a Lucero para no tropezar con las piedras.
Balam no se enteró de nada durante semanas. Seguía acostado en su roca, rugiendo su discurso diario sobre la propiedad del agua y la supremacía de los jaguares, sin notar que cada vez había menos animales en su estanque y que los que quedaban lo miraban con una expresión que ya no era de miedo sino de lástima, que es el sentimiento más humillante que puede recibir un tirano.
El día en que el agua decidió
El desenlace llegó una mañana de junio, cuando las primeras nubes de la temporada de lluvias aparecieron en el horizonte como una promesa escrita en gris y blanco. Balam, que llevaba semanas rugiendo para un público cada vez más reducido, se despertó esa mañana y descubrió que su estanque había bajado de nivel. No mucho, apenas unos centímetros, pero lo suficiente para que la roca donde se acostaba quedara fuera del agua y sus patas tocaran el lodo en lugar de la frescura líquida a la que estaba acostumbrado.
Rugió de furia.
Rugió de confusión.
Rugió con tanta fuerza que los periquitos se cayeron de las ramas del susto y doña Nauyaca se enroscó en un nudo de nervios dentro de su hueco. Pero el rugido no sirvió de nada, porque el agua no le tenía miedo a Balam, y el manantial subterráneo, que había alimentado el estanque durante siglos, había empezado a cambiar de dirección.
Nadie sabe exactamente por qué. Los periquitos dicen que fue porque el agua se cansó de servirle a un solo animal y decidió que era hora de repartirse. Doña Nauyaca dice que fue porque la tierra misma se dio cuenta de la injusticia y movió sus venas subterráneas para que el agua brotara en otros lugares, más cerca de los animales que la necesitaban de verdad.
Lucero no dice nada al respecto, porque las venadas son discretas y porque ella sabe que los milagros pierden su poder cuando se explican demasiado.
Lo cierto es que esa mañana de junio, mientras Balam rugía y rugía frente a su estanque menguante, el agua empezó a brotar en diez lugares distintos de la selva: en la base del cerro donde vivían los tlacuaches, en la cañada donde dormían los monos araña, en el claro donde los coatíes tenían sus madrigueras, y en el escondite de amates donde Lucero criaba a Sol y Luna.
Pequeños manantiales que burbujeaban entre las piedras con la alegría de un niño que descubre un secreto, y que en cuestión de horas formaron charcos y arroyos y pozas donde todos los animales de la selva pudieron beber sin pedir permiso y sin pagar peaje y sin arrodillarse ante nadie.
Balam se quedó solo en su estanque, que cada día era más pequeño y más triste, hasta que al final se redujo a un charco del tamaño de una jícara donde apenas cabían sus cuatro patas. El jaguar más poderoso de los Tuxtlas, el que se creía dueño de la lluvia y guardián del agua, terminó bebiendo de un charquito de lodo con la misma humildad que los tlacuaches a los que antes humillaba.
No murió de sed. La selva no es cruel, aunque a veces lo parezca. Pero perdió su poder, que es una forma de muerte más lenta y más silenciosa que la sed, y que duele más porque no hay forma de gritar contra ella.

La caminata de la venada Lucero cargando agua para sus hijos es el reflejo de una realidad global. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y UNICEF, actualmente 1 de cada 4 personas en el mundo carece de agua potable segura en su hogar. Millones de mujeres y niños caminan largas distancias diariamente cargando pesados contenedores. Cuidar el agua no es solo un acto ecológico, es un acto de humanidad.
Espacio de Coincidencia
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