Nací loro, y nací hablador, es lo que más me gusta hacer, bueno y comer maicitos y frutas de colores que brillan bajo el sol. Lo que no me gusta es sentir que tengo un letrero de “cómpreme” pegado en la frente. Mi nombre es Baltasar, aunque los hombres me han puesto como setenta nombres…

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El loro que hablaba porque la selva ya no podía

Nací loro, y nací hablador, es lo que más me gusta hacer, bueno y comer maicitos y frutas de colores que brillan bajo el sol. Lo que no me gusta es sentir que tengo un letrero de “cómpreme” pegado en la frente.

Mi nombre es Baltasar, aunque los hombres me han puesto como setenta nombres distintos a lo largo de mi vida, dependiendo de quién me haya tenido en su casa. Fui “Panchito” en Tuxtla, “Rey” en Villahermosa, “Coco” en un balcón de la colonia Roma donde una señora me daba galletas Marías y me obligaba a repetir “guapa, guapa, guapa” cada vez que llegaba su esposo, que por cierto de guapa tenía lo que yo de guacamaya. Pero mi nombre verdadero me lo puso mi madre en la selva Lacandona, una noche de agosto en que la lluvia caía tan fuerte que los árboles apenas podían darnos cobijo, y mi nombre verdadero es una palabra que en lengua lacandona significa “el que grita lo que nadie quiere oír”.

Es un nombre largo y poco práctico, así que quedémonos con Baltasar.

Nací en un nido de ceiba, que es el árbol más importante del mundo y el más ignorado por los ingenieros forestales. Mi madre puso cuatro huevos, pero solo sobrevivimos dos: mi hermana Xóchitl y yo. Xóchitl era verde y callada, como debe ser un loro sensato. Yo nací con una mancha amarilla y mi cabecita roja. Es un sello de familia. A las tres semanas de vida ya imitaba el canto del tucán, el gruñido del jaguar y el sonido de la motosierra, que en la selva es el sonido más aterrador de todos, más que el trueno y más que el aullido del mono aullador, porque el trueno pasa y el mono se cansa, pero la motosierra no para hasta que el árbol cae.

Mi madre me decía que no hablara tanto. “Los loros que hablan —me advertía mientras me daba papaya machacada con el pico— son los primeros que se llevan”. Yo no le hacía caso. Yo era joven y arrogante y creía que mi voz era un regalo del dios del viento y no una sentencia de muerte.

La fruta que se fue corriendo

Cuando yo era un loro joven, la selva era infinita. Volabas hacia el norte y todo era verde. Volabas hacia el sur y todo era verde. Volabas hacia arriba y el verde se mezclaba con el azul del cielo y ya no sabías dónde terminaba la selva y dónde empezaba Dios. Había mangos silvestres, zapotes que sabían a caramelo derretido, guayabas que reventaban de tan dulces, y unas ciruelas amarillas que crecían en unos arbolitos flacos cerca de los ríos y que eran, en mi humilde opinión de loro gourmet, la fruta más perfecta que ha existido en la historia de la creación.

Pero la selva se fue encogiendo. No de golpe, sino despacito, como se encoge la ropa de algodón cuando la metes a la secadora. Un día volabas hacia el este y encontrabas un claro nuevo donde antes había árboles. Al mes siguiente el claro era más grande y ya tenía una vaca pastando en medio, con cara de no entender qué hacía ahí. Al año siguiente el claro era un potrero y la vaca tenía compañía y un letrero que decía “Rancho La Esperanza”, que es el nombre más irónico que le he visto a un potrero en mi vida, porque la única esperanza que había ahí era la de que lloviera para que creciera el pasto.

Las frutas empezaron a escasear. Los mangos silvestres desaparecieron primero, porque a los humanos les dio por cortar los mangos viejos y plantar en su lugar palmas de aceite, que no dan fruto comestible para un loro y que además son feísimas, con esas hojas tiesas que parecen abanicos de plástico. Después se fueron los zapotes, porque la tierra se cansó de dar y nadie le dio descanso. Y las ciruelas amarillas, mis adoradas ciruelas, se extinguieron de mi zona del mundo una tarde de marzo en que un incendio se comió la cañada entera y dejó el aire oliendo a ceniza y a fracaso.

Ahora tengo que volar tres veces más lejos para encontrar un árbol de guayaba que valga la pena. Mis alas ya no son lo que eran. Tengo las plumas del pecho un poco despelucadas y una articulación en el ala izquierda que me truena cuando llueve, como las rodillas de los viejos. Pero vuelo. Vuelo porque si no vuelo no como, y si no como me muero, y si me muero ya no hay quien le cuente a nadie lo que está pasando aquí abajo, que es mucho y es grave y es urgente, aunque a nadie parezca importarle.

La guerra del maíz

Hablemos del maíz, porque el maíz es un tema delicado entre los loros y los humanos, y yo creo que ya es hora de que alguien dé mi versión de los hechos.

Los humanos dicen que nosotros los loros somos una plaga. Que llegamos en parvadas de doscientos o trescientos a sus milpas y nos comemos las elotes tiernos y dejamos los tallos todos pelones como escobas viejas. Y tienen razón, no lo voy a negar. Nos comemos el maíz. Pero lo que los humanos no dicen es que nosotros comíamos maíz en la selva desde mucho antes de que ellos llegaran con sus tractores y sus herbicidas. El maíz original, el teocintle, crecía entre los árboles y los loros lo picoteaban en paz, sin que nadie nos tirara piedras ni nos disparara con resorteras.

Era un trato justo: la selva daba maíz y nosotros dispersábamos las semillas con nuestras heces, para regresar a la tierra todo lo que nos da y esta en agradecimiento nos lo devuelve con creces.

Pero eso nadie lo cuenta y menos nos lo agradece nunca.

Pero luego los humanos talaron la selva para sembrar más maíz, y al talar la selva eliminaron los árboles frutales que eran nuestra comida principal, y al eliminar los árboles frutales nos dejaron sin otra opción que comer el maíz de sus milpas, y ahora nos llaman plagas y nos tiran cohetes y nos ponen espantapájaros con cara de diablo que, entre paréntesis, no asustan a nadie porque los loros sabemos perfectamente que un espantapájaros es un palo con una camisa y no un demonio de verdad, por más feo que le pinten la cara.

El problema es que no se comen.

Yo he visto a compañeros míos caer del cielo con el ala rota por un perdigón de escopeta. He visto a Xóchitl, mi propia hermana, perder tres plumas de la cola de un tirazo de resortera que le dio un niño de ocho años en una milpa de Palenque. Xóchitl sobrevivió, pero ya no vuela igual, y desde entonces le tiene miedo a los niños, lo cual es triste porque los niños deberían ser los aliados naturales de los loros, no sus verdugos.

Y lo peor es que yo entiendo al campesino. De verdad que lo entiendo. El campesino siembra su maíz con las manos agrietadas y la espalda doblada y la esperanza de que la lluvia no se retrase, y cuando llega una parvada de loros hambrientos y le devora la cosecha en una mañana, yo sé que su rabia es legítima. Él también tiene hijos que alimentar. Él también tiene una boca que no se llena con buenas intenciones.

La tragedia no es que los loros coman maíz ni que los campesinos defiendan su milpa. La tragedia es que alguien, en algún lugar muy lejano de la selva y muy cercano al dinero, decidió que los árboles valían más como madera que como hogar, y nos dejó a todos peleando por las migajas de un mundo que ya no alcanza para nadie.

Nos hundieron en la pobreza tanto a los mexicanos, como a nosotros, los loros mexicanos.

Yo una vez intenté explicarle esto a un campesino de Ocosingo. Me posé en su cerca de alambre y le dije, en el español más claro que pude: “Compadre, no es culpa nuestra. Échesela a la empresa maderera, no a nosotros”. El hombre me miró con los ojos muy abiertos, se santiguó tres veces y salió corriendo hacia su casa gritando que el diablo se había metido en un loro. Y no, los loros no mentimos ni hablamos de transformaciones selváticas.

Desde entonces evito dar discursos políticos en las milpas. La gente no está preparada para que un loro les explique la geopolítica de la deforestación, y además me tiran piedras, que es un argumento difícil de refutar.

Los que me quieren en una jaula

Pero el maíz y la fruta son problemas menores comparados con el verdadero peligro de ser un loro hablador en México: los cazadores.

Los cazadores de loros no son hombres malos, en su mayoría. Son hombres pobres con hijos pobres que necesitan comer y que descubrieron que un loro de los que hablan vivo vale más en el mercado negro que un mes de trabajo en la finca. Los cazadores llegan a la selva con redes y con silbatos y con una paciencia que yo admiro aunque me aterroriza, porque se pasan horas inmóviles debajo de los árboles esperando a que bajemos a comer, y cuando bajamos cierran la red con una velocidad que no corresponde a sus piernas flacas y sus huaraches gastados.

A mí me atraparon tres veces. La primera vez tenía dos años y era tan ingenuo que bajé a la mano de un hombre porque me ofreció un trozo de plátano. Me metió en una caja de zapatos con agujeros y me llevó en autobús hasta Tuxtla Gutiérrez, donde me vendió en el mercado de animales por trescientos pesos, que es una cantidad insultante para un ser vivo que sabe conjugar verbos y recitar de memoria el primer párrafo del Popol Vuh (bueno, una versión resumida, pero aun así) y que tampoco se traba cuando tiene que decir infraestructure.

La segunda vez me atrapó un niño de doce años que me puso una trampa con una jícara de agua y un palito amarrado con un hilo. Yo sabía perfectamente que era una trampa. Había visto esa trampa en al menos quince ocasiones. Pero tenía sed, y el agua de la jícara brillaba al sol, y pensé: “Baltasar, eres un loro inteligente, vas a beber el agua y a volar antes de que el niño jale el hilo”. No volé a tiempo. El niño jaló el hilo y la jícara me cayó en la cabeza y me dejó aturdido el tiempo suficiente para que me metieran en una jaula de alambre donde pasé cuatro meses comiendo semillas de girasol y repitiendo “¿qué hora es?” para una familia que nunca me dio la hora.

La tercera vez fue la peor. Me atrapó un traficante de animales que operaba en la carretera de Villahermosa a Campeche. Este hombre no usaba redes ni trampas: usaba pegamento. Untaba pegamento en las ramas de los árboles donde dormíamos y cuando nos posábamos en la noche, con los ojos cerrados y la confianza de quien cree que el mundo es un lugar seguro, las patas se nos quedaban pegadas a la madera y amanecíamos colgando boca abajo, gritando de terror mientras el hombre nos despegaba con gasolina y nos metía en tubos de PVC donde no podíamos abrir las alas. En ese tubo de PVC pasé once días. Once días en la oscuridad, sin poder moverme, oliendo a plástico y a gasolina, escuchando los llantos de otros loros y de guacamayas y de tucanes que estaban en tubos como el mío, todos apilados en la cajuela de una camioneta que cruzaba el país de noche para no llamar la atención de la policía, que de todos modos nunca nos buscaba porque tenía cosas más importantes que hacer.

Me salvó un retén militar en Veracruz. Los soldados no supieron qué hacer con nosotros y al final nos soltaron en un parque de Xalapa, que no es nuestro hábitat natural pero al menos tiene árboles y nadie nos tiraba piedras. De ahí volé de regreso a la selva, un viaje de tres semanas que casi me cuesta la vida porque yo no conocía el camino y los halcones de la sierra de Puebla casi me convierten en almuerzo en dos ocasiones.

Lo que nadie quiere escuchar

Ahora soy viejo. Mis plumas fueron de un verde intenso, pero se han vuelto color mostaza y mi pico ya no tiene el brillo de antes. Vuelo más despacio, como más despacio y hablo más despacio, aunque sigo hablando demasiado, que es mi defecto principal y mi única virtud.

Los loros jóvenes de la selva ya no me escuchan. Están ocupados sobreviviendo, que es una tarea de tiempo completo cuando eres un animal de colores brillantes en un mundo que premia la discreción. Pero yo sigo hablando porque alguien tiene que hacerlo. Sigo gritando desde la copa de la ceiba más alta que la selva se está muriendo, que los ríos se están secando, que los árboles frutales ya no dan fruto y que los campos de maíz ya no alcanzan ni para los humanos ni para los loros.

Sigo diciéndole a quien quiera oírme que la jaula más grande del mundo no es la de alambre que te ponen en la sala, sino la de concreto y asfalto que los humanos se construyeron ellos mismos y de la que tampoco pueden salir.

A veces, en las noches de luna llena, cuando la selva todavía tiene suficientes árboles para que la luna se filtre entre las hojas y pinte el suelo de plata, me poso en la rama más alta y hablo solo. Repito las palabras que aprendí en mis tres cautiverios: “guapa, guapa, guapa”, “¿qué hora es?”, “buenos días, mi rey”. Y debajo de esas palabras tontas, escondo las palabras verdaderas, las que la selva me enseñó cuando yo era un polluelo y la ceiba todavía era infinita y el maíz crecía entre los árboles y nadie necesitaba una escopeta para defender su cena.

Las palabras verdaderas dicen esto: que el mundo era un lugar donde cabíamos todos, loros y humanos y jaguares y ceibas y milpas y ríos, y que alguien rompió el trato y ahora todos estamos hambrientos y asustados y enjaulados de una forma u otra. Y que mientras los humanos sigan creyendo que un loro en una jaula es una mascota y no un prisionero de guerra, la selva va a seguir encogiéndose y los ríos van a seguir secándose y yo voy a seguir volando cada vez más lejos para encontrar una guayaba que no sepa a humo de incendio.

Pero no me voy a callar. Aunque me tiren piedras, aunque me metan en tubos de PVC, aunque me vendan por trescientos pesos en un mercado de Tuxtla, yo voy a seguir hablando. Porque la selva ya no puede hablar por sí misma: le cortaron la garganta con la motosierra. Y los ríos ya no pueden gritar: los entubaron bajo el concreto o los llenaron de mierda. Y los árboles ya no pueden quejarse: los convirtieron en muebles de sala. Así que me toca a mí, que soy un loro viejo y despelucado y medio artrítico, pero que todavía tiene voz y todavía tiene alas y todavía tiene la terquedad suficiente para subirse a la ceiba más alta cada amanecer y gritarle al mundo entero.

Para los loros de México, que pierden su selva, su voz y su libertad en silencio, mientras el mundo aplaude a un pájaro enjaulado que dice “buenos días”.

loros en méxico estan en peligro y con ellos la selva y nuestro propio ecosistema

Las organizaciones ambientalistas y las autoridades mexicanas como la PROFEPA estiman que la tasa de mortalidad en el tráfico de aves silvestres supera el 75% y hasta el 80%. Esto significa que 8 de cada 10 loros capturados mueren antes de llegar a manos de un comprador final.