En los llanos de San Bartolo, donde el viento huele a hierba recién cortada y las sombras de los mezquites se estiran para alcanzar el río de los Remedios, vivía un toro tan grande que las nubes a veces se le enredaban en los cuernos. Se llamaba Melindrón. Y si alguien le preguntara a usted…

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El Toro Melindrón y la ovejita que se alejó del rebaño

Pintura al óleo de un toro marrón pastando en un prado con flores bajo un cielo con remolinos estilo Van Gogh

En los llanos de San Bartolo, donde el viento huele a hierba recién cortada y las sombras de los mezquites se estiran para alcanzar el río de los Remedios, vivía un toro tan grande que las nubes a veces se le enredaban en los cuernos.

Se llamaba Melindrón.

Y si alguien le preguntara a usted por qué un toro de ochocientos kilos, colorado como una luna que ya se va a dormir y con unos cuernos que parecían dos medialunas de hueso, se llamaba de una forma tan ridícula, la respuesta era sencilla: porque su madre, una vaca vieja y sabia que ya se había ido al cielo de los pastos eternos, le puso ese nombre el día que nació, cuando lo vio tropezarse con su propia sombra y soltar un mugidito que sonó más a quejido de bebé que a bramido de toro.

—Melindrón —le dijo la vaca, lamiéndole la frente—. Porque eres grande pero delicado, y eso no es un defecto, es un secreto.

El problema es que los secretos, cuando se guardan dentro de un cuerpo tan enorme, terminan saliéndose por la nariz en forma de bufidos.

Melindrón era, sin exagerar ni tantito, el toro más grande que habían visto los llanos de San Bartolo en tres generaciones. Cuando caminaba, la tierra temblaba como si alguien estuviera sacudiendo una manta por debajo. Cuando bebía agua del arroyo, el nivel bajaba dos dedos. Y cuando levantaba la cabeza, sus cuernos —enormes, curvos, afilados como cuchillos— recortaban el cielo en tres pedazos.

Pero Melindrón tenía un problema. O más bien, el problema lo tenían los demás con él: era un enojón de primera categoría.

Si un niño se le acercaba con un puñado de hierba, Melindrón soltaba un mugido tan ronco que las gallinas salían volando del corral de al lado. Si una mariposa se le posaba en el lomo, bufaba como una locomotora vieja y pateaba el suelo hasta levantar una nube de polvo. Si el perro del rancho, un chucho flaco y confianzudo llamado Chispas, intentaba olfatearle la cola, Melindrón giraba la cabeza con tal furia que el pobre Chispas salía disparado como una resortera y no volvía en tres días.

—Ese toro está loco —decían los vaqueros, persignándose.

—Ese toro un día va a matar a alguien —murmuraban las señoras, cerrando las ventanas.

—Ese toro da miedo —decían los niños mientras lo espiaban, y después se iban a jugar a otro lado.

Y Melindrón los veía irse. Los veía alejarse con sus pasitos rápidos y sus miradas de susto, y entonces bajaba la cabezota enorme, soltaba un suspiro que le movía los bigotes, y se quedaba solo otra vez, masticando hierba con una tristeza que le cabía entera en los ojos oscuros.

Porque la verdad —esa verdad que nadie sabía y que él guardaba debajo de todas sus capas de músculo y de gruñidos— era que Melindrón no estaba enojado.

Estaba asustado.

Asustado de sí mismo. De su propio tamaño. De la fuerza bruta que le vivía en el cuello y en las patas sin que él la hubiera pedido. De esos cuernos que crecían y crecían como si quisieran alcanzar las estrellas y que él no podía quitarse por más que se frotara contra los troncos de los mezquites. Melindrón sabía que un solo movimiento en falso, un solo cabezazo juguetón, un solo empujoncito de cariño podía mandar a volar a un niño, a un perro, a una persona entera. Y eso le daba un terror tan grande que prefería espantar a todo el mundo antes que arriesgarse a lastimar a alguien.

Así que gruñía. Bufaba. Pateaba el suelo. Ponía su cara más feroz, que era bastante feroz porque la naturaleza le había dado una cara de villano de cuento. Y la gente se iba. Y él se quedaba solo. Y la soledad le pesaba más que sus ochocientos kilos.

Había una cosa, sin embargo, que Melindrón hacía cuando nadie lo veía.

Todas las tardes, cuando el sol empezaba a ponerse y los llanos se pintaban de naranja y violeta, Melindrón caminaba hasta un rincón del potrero donde crecían unas florecitas azules, chiquitas, casi invisibles entre la hierba. Y ahí, con un cuidado que no le cabía en el cuerpo, se acostaba de lado, muy despacito, procurando no aplastar ni una sola, y se quedaba mirándolas con esos ojos oscuros y enormes hasta que las estrellas salían. A veces les hablaba. Les decía cosas en un mugido tan bajito que ni el viento lo escuchaba. Y las florecitas, como si entendieran, se mecían hacia él como si le estuvieran dando las buenas noches.

Pero eso, nadie lo sabía.

Hasta el día del coyote.

Era una mañana de abril, de esas en que el cielo parece una lámina de vidrio azul y el aire huele a tierra mojada aunque no haya llovido. Las ovejas del rancho pastaban cerca del arroyo, en una mancha blanca y esponjosa que se movía despacio entre los matorrales. La mamá oveja, una señora de lana rizada y ojos tranquilos, contaba a sus crías cada cinco minutos como hacen todas las mamás del mundo, y todo estaba en orden.

Todo menos una.

La ovejita más pequeña, una bolita de lana color crema con las patitas negras y una manchita café en la oreja izquierda, se había ido alejando sin darse cuenta. Primero unos pasos, persiguiendo una mariposa amarilla. Después unos más, olfateando una flor que le pareció bonita. Y cuando quiso darse cuenta, su mamá ya no estaba. El rebaño ya no estaba. El arroyo ya no estaba. Solo estaba ella, solita en medio del llano, con el viento moviéndole la lana y un silencio enorme que de pronto ya no le pareció tan bonito.

—Beeee —llamó, con su vocecita de cascabel.

Nadie respondió.

—Beeee, mamá —llamó más fuerte, y la vocecita se le quebró un poquito.

Y entonces, desde detrás de un mezquite seco, apareció el coyote.

Era un coyote flaco, de ojos amarillos y hocico puntiagudo, con esa sonrisa de lado que tienen los animales que saben que van a hacer algo malo y no les importa. Caminaba despacio, pegado al suelo, con las orejas echadas hacia atrás y la lengua afuera, saboreando el aire como quien saborea un dulce antes de comérselo.

La ovejita lo vio y se quedó congelada. Las patitas le temblaban tanto que la lana le vibraba encima como si fuera una nube a punto de llover.

El coyote dio un paso más.

Y luego otro.

Y justo cuando abrió la boca para enseñarle los dientes —unos dientes largos y amarillos que brillaban al sol como clavos oxidados—, la tierra empezó a temblar.

Pum. Pum. Pum.

Primero despacio, como un tambor lejano. Después más fuerte, como si alguien estuviera golpeando el suelo desde abajo. Y de pronto, por encima de la loma, apareció una silueta vazqueña tan grande que tapó el sol.

Era Melindrón.

Y estaba furioso.

Pero no era su furia de siempre, esa furia fingida que usaba para espantar a la gente y protegerla de sus cuernos. No. Esta era otra cosa. Esta era una furia de verdad, una furia caliente y antigua que le nacía en lo más hondo del pecho y le subía por el cuello como un río de lava. Sus ojos oscuros brillaban con una luz que nadie le había visto jamás. Sus fosas nasales se abrían y se cerraban como dos cuevas echando humo. Y sus cuernos —esos cuernos terribles que él tanto odiaba porque nadie queria ser su amigo— apuntaban directamente al coyote como dos flechas de obsidiana.

Melindrón no mugió. No bufó. No pateó el suelo.

Simplemente bajó la cabeza y corrió.

Corrió con una velocidad que no le correspondía a un animal de su tamaño, con las patas delanteras levantando terrones de tierra y la melena colorada ondeando al viento como una bandera de guerra. El coyote lo vio venir y por un segundo se quedó quieto, como si su cerebro de animal no pudiera procesar que una montaña con cuernos de luna se le estaba echando encima a toda velocidad.

Cuando reaccionó, ya era tarde.

Melindrón no lo corneó. No lo pisoteó. No hizo falta. Simplemente se plantó entre el coyote y la ovejita, soltó un mugido que retumbó en los cerros como un trueno de verdad, de esos que hacen que los pájaros se caigan de las ramas, y embistió el aire con los cuernos a medio metro del hocico del coyote.

El coyote salió disparado como si le hubieran prendido fuego a la cola. Corrió tan rápido que dejó una estela de polvo detrás de sí y no paró hasta que cruzó tres lomas y un río y se metió en una madriguera de la que no salió en dos semanas.

Y entonces, silencio.

Melindrón se quedó ahí, jadeando, con el pecho subiendo y bajando como un fuelle gigante. Poco a poco, la furia se le fue yendo del cuerpo como se va el agua de una cubeta con un agujero. Los ojos le volvieron a su color oscuro y tranquilo. Sus narices dejaron de echar humo. Y cuando bajó la cabezota para mirar a la ovejita, que seguía temblando en el suelo con los ojos cerrados y las patitas dobladas, pasó algo que nadie en San Bartolo habría creído posible.

Melindrón con un cuidado infinito, como si el suelo fuera de cristal, y acercó su hocico enorme —un hocico que podía partir una calabaza de un solo mordisco— a la ovejita, y le dio un lametón suavecito en la frente, justo entre las orejas, justo encima de la manchita café.

La ovejita abrió los ojos. Vio la cara más grande que había visto en su vida. Vio los cuernos enormes. Vio los ojos oscuros. Y en vez de asustarse, soltó un beee chiquito y se acurrucó contra el hocico del toro como si fuera la almohada más tibia del mundo.

Melindrón cerró los ojos. Y por primera vez en toda su vida, no gruñó.

Cuando la mamá oveja encontró a su cría, la encontró dormida entre las patas delanteras de Melindrón, envuelta en su sombra como en una cobija tejida de lana. Y cuando los vaqueros llegaron con los lazos listos, temiendo que el toro hubiera enloquecido por fin, se encontraron con una escena que les hizo soltar las cuerdas y quedarse callados: Melindrón, el toro más bravo y más temido de San Bartolo, estaba inmóvil, con la respiración contenida para no despertar a la ovejita que dormía sobre su pata, y tenía en la cara una expresión que ninguno de ellos supo nombrar pero que la abuela Tomasa, que llegó después caminando despacito con su bastón, identificó de inmediato.

—Es ternura —dijo la abuela Tomasa, y se le aguaron los ojos—. Pura ternura. El pobre animal siempre la tuvo. Solo que no sabía cómo sacarla sin lastimar a nadie.

Desde ese día, todo cambió en los llanos de San Bartolo.

Los niños ya no le huyen a Melindrón. Se le acercan despacito, le llevan flores azules —las mismas que él cuidaba en secreto— y se las ponen detrás de las orejas, y él se queda quietecito, con los ojos cerrados, disfrutando el cariño con una paciencia que no le cabe en el cuerpo.

El perro Chispas ya le olfatea la cola sin miedo, y Melindrón solo mueve la cola despacito, como un abanico, para que el perrito no se vaya a caer. Y la ovejita de la manchita café —que ya creció un poquito pero no tanto— sigue durmiendo todas las siestas entre sus patas delanteras, y Melindrón sigue sin moverse ni un milímetro para no despertarla, aunque le duela la pata y aunque le pique la nariz y aunque el sol le caiga directo en el lomo como una plancha caliente.

Los vaqueros dicen que Melindrón sigue siendo un toro enojón. Que si te acercas muy rápido todavía te suelta un bufido que te eriza el pelo. Que sus cuernos siguen siendo enormes y su cara sigue dando miedo.

Pero ahora ya saben por qué.

Dicen que Melindrón ya tiene canas en el hocico y que camina más despacio. Pero la ovejita de la manchita café —que ya es mamá de tres corderitos— sigue durmiendo entre sus patas. Y él sigue sin moverse. Y sigue gruñendo. Y sigue siendo, debajo de todo ese ruido y de toda esa negrura y de todos esos cuernos de luna, el animal más tierno que los llanos de San Bartolo han conocido jamás.