En la lengua de los mayas antiguos, la miel de melipona se llama kab, que también significa “mundo”. Porque para ellos, y para las abejas que la fabricaban desde antes de que existiera la palabra “antes”, el mundo entero cabía en una gota de miel. El problema empezó cuando el mundo dejó de caber en una…

por

La abeja melipona que olvidó el camino de regreso a casa

En la lengua de los mayas antiguos, la miel de melipona se llama kab, que también significa "mundo".

En la lengua de los mayas antiguos, la miel de melipona se llama kab, que también significa “mundo”. Porque para ellos, y para las abejas que la fabricaban desde antes de que existiera la palabra “antes”, el mundo entero cabía en una gota de miel. El problema empezó cuando el mundo dejó de caber en una flor.

Kolel era una abeja melipona de la casta de las pecoreadoras, que son las que salen al mundo a buscar néctar y regresan con la panza llena y las patas cargadas de polen, como pequeñas comerciantes ambulantes del reino vegetal. Tenía el cuerpo oscuro y brillante, sin aguijón, porque las meliponas son abejas pacíficas que no necesitan armas para defenderse: su única defensa es la dulzura, y con la dulzura les ha bastado.

Ella vivía en un jobón de tronco hueco colgado en la pared trasera de la casa de don Anselmo, un apicultor maya de setenta y ocho años que tenía la piel del color de la corteza y las manos tan suaves que las abejas se le posaban en los dedos sin miedo, como si supieran que esas manos nunca habían aplastado a nadie y que probablemente nunca lo harían.

El jobón era de madera de guayacán, que es la madera más dura de Yucatán y la más resistente a la lluvia y al olvido, y tenía una pequeña cruz tallada en la entrada porque don Anselmo decía que las abejas meliponas eran cristianas desde antes de que llegaran los españoles, y que la cruz no se la habían puesto los frailes sino que la habían encontrado ellas solas en la geometría de los panales, que si uno mira bien un panal de melipona con los ojos entrecerrados y la fe suficiente, se parece mucho a una catedral vista desde arriba.

Todas las mañanas, antes de que el sol terminara de trepar por encima de los árboles de ciricote, Kolel salía del jobón por la abertura del tamaño de un grano de pimienta y se lanzaba al aire caliente de la península con la certeza absoluta de que sabía exactamente a dónde iba.

Y siempre lo sabía.

Las abejas meliponas nacen con un mapa dibujado en el cerebro, un mapa tan preciso y tan antiguo que incluye no solo la ubicación de las flores sino también la hora exacta en que cada flor abre sus pétalos, la dirección del viento que trae el mejor aroma y la posición de las estrellas que ya no están pero que dejaron su huella en la memoria genética de la colmena como una abuela deja su receta de mukbil pollo en la memoria de sus nietas.

El mapa de Kolel incluía trescientas cuarenta y dos flores distribuidas en un radio de dos kilómetros alrededor del jobón. Conocía las flores de dzidzilché, que abren de madrugada y huelen a vainilla y a tierra mojada.

Conocía las flores de tajonal, que son amarillas y diminutas y saben a caramelo de limón. Conocía las flores de tzalam, que florecen en mayo y tienen un néctar tan espeso que Kolel tenía que meter la lengua dos veces para sacarlo todo.

Y conocía, sobre todas las demás, las flores de la selva mediana que crecía detrás de la milpa de don Anselmo, una selva vieja y enmarañada donde los árboles se abrazaban entre sí como ancianos que tienen frío y donde las flores no tenían nombre en español porque nadie se había molestado en bautizarlas, pero que en maya se llamaban con palabras que sonaban a lluvia y a promesa.

El día en que la selva se volvió cuadrada

El cambio no llegó de golpe. Los desastres nunca llegan de golpe, aunque después la gente diga que sí, porque la memoria humana es perezosa y prefiere recordar los finales dramáticos en lugar de los principios silenciosos. El cambio llegó despacito, como llega la vejez y como llega la sequía y como llega la tristeza a una casa donde alguien se está muriendo en la recámara de atrás.

Primero desaparecieron los árboles de la orilla.

Un día Kolel voló hacia el norte buscando las flores de balché, que son las flores sagradas con las que los mayas antiguos hacían la bebida ceremonial de los dioses, y en lugar de los árboles de balché encontró una cerca de alambre de púas. Detrás de la cerca, la selva había sido sustituida por un campo de soya transgénica que se extendía hasta el horizonte como un mar verde y monótono, sin un solo árbol, sin una sola sombra, sin una sola flor que no fuera de soya y que no oliera a glifosato.

Kolel no sabía qué era el glifosato. No sabía qué era la soya transgénica. No sabía qué era una sociedad anónima de capital variable. Lo único que sabía era que donde antes había trescientas cuarenta y dos flores ahora había una sola, repetida millones de veces, y que esa flor olía a algo que no era olor sino ausencia de olor, un vacío químico que le quemaba las antenas y le nublaba los ojos compuestos como si alguien le hubiera untado vaselina en la retina.

Pero Kolel era una abeja responsable y tenía una colmena que alimentar, así que aterrizó en una flor de soya y metió la lengua para extraer el néctar.

Y el néctar sabía a medicina amarga.

No a la medicina buena, la de las abuelas mayas que curaban el empacho con té de albahaca y el mal de ojo con huevo y oraciones. Sabía a la otra medicina, la de los frascos de plástico con etiquetas en inglés que don Anselmo compraba en la farmacia de Mérida cuando le dolían las rodillas y que dejaban un sabor metálico en la boca que no se quitaba ni con miel de tajonal.

Kolel escupió el néctar. Se limpió la lengua con las patas delanteras y voló de regreso al jobón con la panza vacía y una confusión nueva instalada en algún rincón de su cerebro diminuto, justo al lado del mapa de las trescientas cuarenta y dos flores.

La niebla dentro de la cabeza

Al día siguiente, Kolel salió del jobón y descubrió que el mapa se le había borrado un poco. No del todo, sino en las orillas, como se borran los bordes de una fotografía vieja que ha pasado demasiado tiempo al sol. Recordaba las flores de dzidzilché y las de tajonal, pero ya no estaba segura de la ubicación exacta de las flores de tzalam. ¿Estaban al este o al oeste del jobón? ¿Cerca del cenote o cerca de la milpa? Voló en círculos durante veinte minutos, que para una abeja es una eternidad, y al final encontró las flores de tzalam por casualidad, guiada más por el olfato que por la memoria, y cuando aterrizó en los pétalos rosados sintió un alivio tan grande que le temblaron las alas.

Pero al día siguiente el borrón era más grande. Las flores de la selva mediana habían desaparecido del mapa por completo, y en su lugar había una mancha gris y difusa, como un agujero en la tela del mundo por donde se escapaba la luz.

Kolel voló hacia donde recordaba que estaba la selva y se encontró con otro campo de soya, más grande que el anterior, y con una avioneta que pasaba por encima rociando un líquido blanco que olía a muerte y a plástico derretido. El líquido le cayó encima como una lluvia tóxica y le pegó las alas al cuerpo y le nubló los ojos y le llenó la boca de un sabor amargo que ya no se parecía a ninguna medicina conocida sino a algo más antiguo y más terrible: el sabor del olvido.

Porque eso era lo que el veneno le estaba haciendo a Kolel, y a sus hermanas, y a todas las abejas meliponas de Yucatán que volaban sobre los monocultivos de soya: les estaba borrando la memoria. No la memoria de los hechos, que las abejas no tienen porque no les hace falta, sino la memoria del camino, que es la memoria más importante que puede tener un ser vivo, porque sin camino no hay regreso y sin regreso no hay hogar y sin hogar no hay colmena y sin colmena no hay miel y sin miel no hay mundo.

Kolel empezó a perderse. Se perdía en la mañana, cuando salía del jobón y el sol le daba en la cara y ya no sabía si el norte estaba a la derecha o a la izquierda.

Se perdía al mediodía, cuando el calor de Yucatán convertía el aire en una sopa espesa y transparente y todas las flores olían igual, a químico y a nada.

Se perdía al atardecer, cuando la luz se ponía naranja y las sombras de los pocos árboles que quedaban se alargaban como dedos que señalaban direcciones contradictorias, y Kolel daba vueltas y vueltas sobre el mismo campo de soya sin encontrar el camino de regreso, con la panza llena de néctar amargo y las alas cada vez más pesadas y el cerebro cada vez más vacío.

Una tarde de abril, Kolel aterrizó en una flor que no reconoció. Era una flor blanca, pequeña, con cinco pétalos perfectos y un centro amarillo que debería haberle resultado familiar pero que le parecía tan extraño como la cara de un desconocido en una fotografía familiar.

Kolel metió la lengua en la flor y el néctar sabía a medicina amarga, como todos los néctares del mundo parecían saber ya, y entonces se dio cuenta de algo que le heló la hemolinfa: la flor era de ciricote, y el ciricote era su flor favorita, la flor que su madre le había enseñado a reconocer cuando ella era apenas una larva envuelta en cera y su madre le susurraba al oído el mapa del mundo con la voz suave y zumbante de todas las madres meliponas.

Kolel estaba posada en su flor favorita y no la reconocía. El mundo entero se había vuelto un lugar extraño y hostil, lleno de flores que sabían a veneno y de campos que olían a muerte y de cielos cruzados por avionetas que llovían olvido, y Kolel ya no sabía quién era ni de dónde venía ni a dónde debía regresar.

El apicultor que hablaba con las abejas

Don Anselmo se dio cuenta de que algo andaba mal una mañana de mayo, cuando abrió el jobón para revisar los panales y encontró a Kolel caminando en círculos sobre la cera, con las alas caídas y las antenas torcidas y los ojos compuestos opacos como canicas de vidrio sucio. Las demás abejas del jobón la miraban con la preocupación silenciosa de las hermanas que ven a una de las suyas perder la razón, y algunas se acercaban a tocarla con las antenas, que es la forma en que las meliponas se preguntan “¿estás bien?” y “¿te acuerdas de mí?” y “¿sabes dónde estamos?”.

Kolel no respondía. Kolel caminaba en círculos y zumbaba una nota baja y monótona que don Anselmo reconoció de inmediato porque su abuelo le había enseñado a descifrar el lenguaje de las abejas cuando él tenía la edad de su nieto menor, que ahora vivía en Cancún trabajando en un hotel y que ya no hablaba maya ni le interesaban las abejas ni sabía que la miel de melipona era sagrada.

—Está perdida —dijo don Anselmo en voz baja, y su voz tenía la textura del papel amate, áspera y antigua—. La niña se perdió dentro de su propia cabeza.

Don Anselmo sacó a Kolel del jobón con una delicadeza que contrastaba con sus manos enormes de campesino y la puso en la palma de su mano izquierda, que era la mano del corazón, según la tradición maya. La abeja se quedó quieta un momento, temblando, y luego empezó a caminar por las líneas de la palma de don Anselmo como si estuviera leyendo las arrugas de su vida, que eran muchas y profundas y contaban la historia de un hombre que había visto desaparecer la selva de su infancia metro a metro, árbol a árbol, flor a flor, hasta que el mundo que él conocía de niño se convirtió en un recuerdo tan borroso como el mapa que Kolel llevaba en el cerebro.

—Yo también me estoy perdiendo, niña —le dijo don Anselmo a la abeja, y sus ojos se humedecieron con la misma lentitud con que se humedece la tierra de Yucatán cuando por fin llueve después de meses de sequía—. Yo también salgo cada mañana y ya no reconozco el camino. Donde antes había selva ahora hay soya. Donde antes había cenotes ahora hay granjas de cerdos. Donde antes había flores de balché ahora hay postes de luz y antenas de celular y letreros de inmobiliarias que venden terrenos que no les pertenecen a personas que nunca han pisado esta tierra. Yo también tengo la cabeza llena de niebla, niña.

Yo también pruebo el mundo y me sabe a medicina amarga.

La danza que ya nadie recordaba

En la colmena, las hermanas de Kolel intentaron ayudarla. Las abejas meliponas tienen una forma de comunicación que los mayas antiguos llamaban “la danza del camino”, que consiste en una serie de movimientos circulares y vibraciones que la abeja exploradora ejecuta sobre el panal para indicarle a sus hermanas la dirección y la distancia de las flores que encontró. Es un lenguaje tan preciso que puede transmitir coordenadas geográficas con un margen de error de menos de tres metros, y tan antiguo que ya existía cuando los dinosaurios todavía caminaban por la península y las flores de Yucatán no tenían nombre porque no había nadie que necesitara nombrarlas.

Las hermanas de Kolel bailaron para ella todas las noches durante una semana. Bailaron la danza del dzidzilché, que es una danza lenta y circular que huele a vainilla. Bailaron la danza del tajonal, que es rápida y zigzagueante y sabe a limón. Bailaron la danza del tzalam, que es la más difícil de todas porque requiere que la abeja gire sobre su propio eje mientras vibra las alas a una frecuencia exacta de doscientos cuarenta hercios, que es la misma frecuencia en que vibra la tierra de Yucatán cuando está a punto de llover.

Pero Kolel no entendía las danzas. Su cerebro, envenenado por el glifosato y por los neonicotinoides y por todos los venenos invisibles que flotaban en el aire de la península como una niebla tóxica que nadie veía pero que todos respiraban, ya no podía descifrar el código. Las danzas de sus hermanas le parecían movimientos sin sentido, como una canción en un idioma que ella hubiera hablado de niña pero que había olvidado por completo, y cuando intentaba imitar los pasos se caía de lado y las demás abejas la sostenían con sus patas y la acariciaban con sus antenas y zumbaban a su alrededor con una tristeza que hacía vibrar la cera de los panales.

La colmena entera estaba enferma. No solo Kolel. Las pecoreadoras más jóvenes también empezaban a perderse, a regresar tarde o a no regresar nunca, a traer néctar amargo que contaminaba la miel sagrada y la volvía oscura y turbia, como si la miel misma estuviera olvidando su propia dulzura.

El último vuelo

El último vuelo de Kolel fue un martes de junio, el día en que la temporada de lluvias debería haber empezado pero no empezó, porque las lluvias de Yucatán también estaban perdiendo la memoria y ya no recordaban la fecha exacta en que debían llegar, y se retrasaban semanas enteras, dejando la tierra seca y agrietada y a las flores marchitas antes de abrir.

Kolel salió del jobón al amanecer, con las alas más pesadas que nunca y el cerebro más vacío que nunca y el corazón —que las abejas tienen diminuto pero funcional, y que late trescientas veces por minuto incluso cuando está roto— más cansado que nunca. Voló hacia el norte, hacia donde recordaba vagamente que había habido flores de balché, y se encontró con el campo de soya más grande que había visto en su vida, un océano verde y uniforme que se extendía en todas direcciones hasta confundirse con el cielo, sin un solo árbol, sin una sola sombra, sin un solo olor que no fuera el olor metálico y amargo del veneno que impregnaba cada molécula de aire.

Kolel aterrizó en una flor de soya porque ya no tenía fuerzas para seguir volando. Metió la lengua en la flor y el néctar sabía a medicina amarga, como siempre, como todo, como el mundo entero, y entonces hizo algo que ninguna abeja melipona había hecho en setenta millones de años de historia evolutiva: dejó de buscar.

Se quedó quieta sobre la flor de soya, con las alas plegadas y las patas recogidas y las antenas caídas, y cerró sus ojos compuestos, que son cinco mil ojos diminutos que ven el mundo en un mosaico de luz y color, y por última vez vio el mundo como era antes de que el veneno se lo borrara: vio la selva infinita y verde y húmeda de su infancia, vio las flores de dzidzilché abriéndose al amanecer con su perfume de vainilla, vio las flores de tajonal brillando como monedas de oro bajo el sol de mediodía, vio las flores de balché colgando de los árboles sagrados como campanas blancas que sonaban con el viento, y vio el jobón de guayacán en la pared de la casa de don Anselmo, con su cruz tallada y su abertura del tamaño de un grano de pimienta, y vio a don Anselmo sentado en su hamaca debajo del ciricote, con las manos abiertas y la mirada suave, esperándola.

Kolel zumbó una última nota, tan baja y tan dulce que solo la escuchó la flor de soya en la que estaba posada, que por un instante, un instante brevísimo que duró lo que dura un parpadeo de colibrí, olvidó que era transgénica y recordó que antes de ser soya había sido una flor silvestre, pequeña y blanca y perfumada, que crecía en la orilla de un cenote y que una abeja melipona la visitaba todas las mañanas y le decía con su zumbido que era la flor más bonita del mundo.

Y luego Kolel se quedó quieta del todo.

El viento de la tarde la levantó de la flor de soya y la llevó por encima del campo de monocultivo y por encima de la cerca de alambre de púas y por encima de los pocos árboles que quedaban en pie, y la depositó suavemente en el patio de don Anselmo, justo debajo del ciricote, justo al lado de la hamaca donde el viejo apicultor dormía su siesta de la tarde con la boca abierta y las manos cruzadas sobre el pecho.

Don Anselmo despertó cuando sintió el peso diminuto de la abeja en su mejilla. Abrió los ojos y vio a Kolel, inmóvil y brillante, con las alas extendidas como un ángel de seis patas que hubiera decidido descansar después de un vuelo demasiado largo. La tomó con sus dedos suaves de apicultor y la miró durante un rato largo, y no lloró porque los hombres mayas de su generación no lloran en público, pero sus ojos se pusieron tan húmedos y tan brillantes que parecían dos cenotes diminutos donde se reflejaba el cielo entero.

—Ya llegaste, niña —le susurró—. Ya encontraste el camino de regreso.

En la lengua de los mayas antiguos, la miel de melipona se llama kab, que también significa "mundo".

Don Anselmo enterró a Kolel debajo del ciricote, en un hueco del tamaño de un dedal que cavó con la uña del dedo meñique, y encima plantó una semilla de balché que guardaba desde hacía veinte años en un frasco de vidrio, envuelta en una hoja de plátano seca y en una oración que su abuelo le había enseñado.

El árbol de balché creció despacio, como crecen todas las cosas que importan, y cuando por fin floreció, cinco años después de la muerte de Kolel, sus flores blancas olían exactamente como las flores que la abeja recordaba en su último vuelo: a vainilla y a tierra mojada y a promesa.

Para las abejas meliponas de la Península de Yucatán, Xunan Kab, las señoras de la miel sagrada, que están desapareciendo en silencio mientras el mundo discute si la soya transgénica es rentable. Para don Anselmo y para todos los apicultores mayas que todavía hablan con sus abejas en una lengua que el progreso no ha logrado borrar del todo. Y para Kolel, que olvidó el camino de regreso pero nunca olvidó el sabor de la primera flor.


Espacio de Coincidencia

En esta casa editorial creemos que las historias deben servir a la tierra. Reservamos nuestros espacios publicitarios para organizaciones, fundaciones y proyectos dedicados a la defensa del agua, la vida silvestre y las comunidades de México.