
La Garbancera que terminó en Catrina: la venganza de Don Lupe Posada
Sabrá el lector —porque la memoria popular es olvidadiza con los autores pero fiel con las imágenes— que la calavera más famosa del mundo no nació vestida de seda, ni se llamaba Catrina, ni traía boa de plumas al cuello, ni tenía cuerpo alguno sobre el que sostenerse.
Solo unos hombros que sin revancha ninguna, recuerdan al que suscribe a una huesuda de Almería, eso sí, garbancera como ninguna.
Un sombrero estrafalario, de copa ancha, cargado de plumas francesas, moños desproporcionados y flores de trapo, puesto sobre una cabeza enjuta que no tenía piel, ni ojos, ni carne, sino únicamente una sonrisa de dientes desparejos que parecía burlarse de todo el que la miraba.
Quien la dibujó no tenía taller de alta pintura ni un chayote de gobierno. Trabajaba en la calle de la Santísima, en el centro de la Ciudad de México, en una imprenta popular donde el papel se vendía por centavos y la gente humilde acudía a comprar corridos sangrientos, milagros imposibles y versos de ocasión para el Día de Muertos.
El dibujante se llamaba José Guadalupe Posada.
Y la calavera se llamaba La Garbancera.
El insulto que se volvió ícono
Para entender la broma, primero hay que entender el insulto.
En el México de los últimos años del porfiriato —esos primeros años del siglo XX donde la élite capitalina hacía como que hablaba en francés, importaba muebles de París y despreciaba lo propio con esa elegancia aprendida que tanto abundaba por entonces—, se llamaba “garbancero” al indígena o mestizo que vendía garbanzos en el mercado y que, habiéndose enriquecido un poco o queriendo aparentar lo que no era, renegaba de su propia sangre y de su propia herencia.
El garbancero era el que dejaba de comer maíz para comer trigo. El que dejaba el rebozo para ponerse sombrero europeo. El que intentaba blanquearse el rostro con polvo de arroz, pretendiendo pasar por francés mientras en la piel de las manos se le notaba el sol de la milpa.
Posada, que era hombre del pueblo y conocía las trampas de la vanidad como pocos, miró a esas mujeres empolvadas que caminaban por la Alameda Central con sus sombreros importados y concibió un grabado temible.
No las dibujó con vestido.
Solamente el sombrero.
Como diciendo: por más plumas que le pongas a la cabeza, por más polvos de arroz que te embarres en las mejillas, por debajo sigues siendo calavera. Y por debajo de la piel, la sangre que te corre es mestiza, aunque te dé vergüenza admitirlo.
Acompañó el grabado con unos versos breves que se vendieron por las calles por un centavo:

“Las que hoy son empolvadas garbanceras,
pararán en deformes calaveras.”
Era una bofetada. Una sátira feroz. Una crítica social en papel de estraza.
Nadie sospechaba entonces que aquel sombrero sin cuerpo se convertiría, treinta años después, en la imagen oficial de un país entero.
Posada: El hombre de la prensa de plomo
No obstante, conviene detenerse un momento en Don Lupe Posada, porque la historia suele ser ingrata con los hombres que trabajan para la calle.
Posada no era un artista de salón. Era un obrero del grabado. Bajito, gordo, de pocas palabras, con las manos manchadas de tinta y los ojos cansados de mirar durante décadas las placas de cinc y de plomo que rascaba con el buril. Produjo miles de grabados. Miles. Dibujó crímenes pasionales, terremotos, fusilamientos, diablos con cola, santos patronos y, sobre todo, calaveras.
Sus calaveras no eran lúgubres. Eran chistosas. Comían tamales, tocaban la guitarra, emborrachaban a los compadres, iban a la cárcel, se enamoraban, morían y volvían a resucitar en el papel del año siguiente.
Posada le dio a la muerte mexicana lo que nadie le había dado hasta entonces: ese sentido del humor indispensable.
Y sin embargo, cuando estalló la Revolución y el país entero empezó a arder por los cuatro costados, el viejo grabador se quedó solo. Su impresor de toda la vida, Antonio Vanegas Arroyo, vio decaer el negocio. La gente ya no tenía centavos ni para comprar hojas volantes.
En enero de 1913, en una casita miserable de la vecindad de Tepito, José Guadalupe Posada murió de gastroenteritis aguda.
Tenía sesenta años.
Nadie lo asistió. Nadie le dedicó una nota en los periódicos importantes.

Tres vecinos pobres cargaron su ataúd de pino hasta el panteón de Dolores. Y como nadie pagó por una fosa perpetua, al cabo de siete años sus restos fueron sacados de la tierra y arrojados a la fosa común.
Y así, el hombre que había dibujado a la muerte durante toda su vida terminó revuelto con ella sin que nadie supiera exactamente dónde quedaron sus restos, mezclados con los huesos de cientos de desconocidos que quizás conocía pero sin saber su nombre.
La ironía, el propio Don Lupe la habría entendido perfectamente y habría hecho un grabado con ella.
La llegada del muralista
Tuvieron que pasar más de treinta años para que la Garbancera volviera a salir a la luz. Y cuando lo hizo, no fue en una hoja volante de a centavo: fue en el muro de un hotel de lujo.
En 1947, al amparo del chayote, Diego Rivera estaba pintando su célebre mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. Rivera, que tenía un ojo clínico para la tradición popular y una intuición infalible para el mito, decidió rescatar a la criatura de Posada.
Pero no la dejó como Posada la había concebido.
Rivera —con esa generosidad grande con la que los artistas consagrados adoptan a sus precursores, y con esa naturalidad con la que se adueñan de ellos— hizo varias cosas con la Garbancera:
Primero, le puso cuerpo. Le diseñó un vestido completo de dama porfiriana, largo, elegante, ajustado a la cintura.
Segundo, le colgó al cuello una serpiente emplumada, mezclando la moda francesa con el mito prehispánico.
Tercero, le cambió el nombre. Dejó de llamarla la Garbancera —que era un insulto demasiado específico de 1910— y la bautizó como “La Catrina”, derivado de catrín, el hombre elegante y bien vestido del porfiriato.
Y cuarto —lo más revelador—, Rivera se pintó a sí mismo en el mural como un niño pequeño, tomado de la mano de La Catrina. Y al otro lado, del brazo de la calavera, pintó a un hombre chiquito, gordo, de traje oscuro y sombrero en la mano: José Guadalupe Posada.

Rivera le devolvió el rostro a Posada. Se lo enseñó al mundo. Le rindió tributo.
Y de paso, se colocó a sí mismo como su heredero legítimo.
A partir de aquel mural, la Garbancera dejó de pertenecer a los talleres de imprenta de la calle de la Santísima y pasó a pertenecer a la historia del arte mexicano. Ya no era la sátira a las vendedoras de garbanzo. Era la reina de la fiesta.
Hasta podríamos decir que ya era “La primera Garbancera”.
La paradoja final
Hay una broma amarga en todo esto. Una broma que al propio Posada le habría sacado una risa seca.
La Calavera Garbancera nació para burlarse de quienes querían fingir lo que no eran, de las modas importadas, de la elegancia falsa, de la alta sociedad que se creía superior al pueblo que caminaba a su lado.
Y cien años después, La Catrina es el producto más vendido de la cultura mexicana.
Se compra en tiendas de artesanías finas. Se luce en desfiles organizados por gobiernos locales. Aparece en películas de Hollywood con presupuestos millonarios. Se la disfrazan las señoras de las colonias ricas en las fiestas de noviembre, poniéndose exactamente las mismas plumas y los mismos polvos que Posada satirizó en 1910.

La Garbancera terminó convertida en lo mismo que venía a criticar. Pero hay que reconocer que la mejora es muy, pero que muy notable.
¿Se gentrificó la muerte? pues sí.
Pero si uno se acerca al grabado original de Posada —a esa placa de cinc gastada que se conserva en los museos— y mira con calma la boca de la calavera por debajo del sombrero de plumas, se dará cuenta de algo:
La sonrisa sigue ahí.
Una sonrisa que no es de coquetería ni de fiesta. Es la sonrisa del que sabe que, por más vestidos que le pongan, por más murales que la cobijen, por más películas que la filmen, al final del día todos terminaremos en la misma fosa común donde fueron a dar los huesos de Don Lupe.
Ahí no hay catrines. Tampoco garbanceras.
Solo hueso.
Y en esa igualdad última, silenciosa, sin sombrero y sin ropa, el viejo grabador de la calle de la Santísima sigue teniendo la última palabra.