
El Lago de Pátzcuaro es uno de los lagos más grandes de México y se encuentra en el estado de Michoacán, en el centro del país. Es conocido por su belleza natural y su importancia cultural e histórica. El lago y sus alrededores son el hogar de varias comunidades indígenas, como los purépechas, que han habitado la región durante siglos y han conservado muchas de sus tradiciones y costumbres. Hoy todo esta en peligro.

Crónica de una Noche de Muertos en el lago, cuando el agua empezó a irse
El primero de noviembre, hacia las cinco de la tarde, el lago de Pátzcuaro cambia de color.
No es el atardecer. El atardecer viene después. Es otra cosa. Es como si el agua supiera lo que va a pasar esa noche y se preparara. La superficie se pone de un gris viejo, sin brillo, y las montañas del otro lado —las de Erongarícuaro, las de Tzintzuntzan— se recortan contra el cielo con una nitidez que en cualquier otro día del año no tienen. El aire huele a copal antes de que nadie haya encendido nada. Los patos, que a esa hora suelen graznar, se callan.
Los viejos del lago dicen que el lago avisa.
Que sabe.
Que lleva quinientos años sabiéndolo.
Doña Rufina y las velas
En una casita de adobe pintada de blanco, en la parte alta de la isla de Janitzio, doña Rufina lleva desde temprano preparando las velas.
Tiene ochenta y tantos años. Nadie está seguro de cuántos exactamente, porque en el registro civil se equivocaron cuando la anotaron y ella nunca quiso corregirlo. “Los años son de Dios, no del papel”, dice, y sigue tejiendo el mecate de ocote con las manos que ya no ve pero que saben solas.
Ya son muchas noches de muertos encendiendo velas en el panteón de la isla. La primera fue con su madre, cuando tenía cinco años y apenas alcanzaba a poner una veladora sobre la tumba de un hermano recién nacido. Desde entonces no ha fallado ni una. Ni cuando enviudó. Ni cuando enterró a dos hijos. Ni cuando el reumatismo le empezó a doblar las manos.

—Las velas no se encienden por gusto, m’ijo —le dice a quien quiera oírla—. Se encienden porque si no las prendemos, los muertos no ven el camino de regreso.
Y entonces baja la voz. Y agrega algo que solo dice a los que le caen bien:
—Aunque ya casi no hay camino.
Lo que Tata Vasco dejó
Para entender por qué en Janitzio se sigue encendiendo cada año la Noche de Muertos con esa mezcla de terquedad y ternura que no se ve en otros lugares de México, hay que retroceder casi quinientos años.
En 1530, cuando el conquistador Nuño de Guzmán —uno de los hombres más crueles que produjo el siglo XVI español, y en ese siglo la competencia era feroz— entró a Michoacán con sus tropas, mandó quemar vivo al rey purépecha Tangaxoán II. Le dio garrote y luego le prendió fuego, después de robarle todo el oro de Tzintzuntzan. El plan siguiente era simple y conocido: esclavizar a los sobrevivientes, repartirlos como bestias entre encomenderos, y borrar el nombre del pueblo purépecha de la faz de la tierra en menos de una generación.
Fue exactamente lo que le pasó a otros pueblos indígenas que tuvieron menos suerte.
Los purépechas no fueron borrados. Y no lo fueron por una sola razón:
Llegó un juez.
Un hombre de leyes al que la Corona tuvo que hacer Obispo a las prisas para frenar la barbarie.
Se llamaba Vasco de Quiroga. Los indígenas todavía lo nombran, cinco siglos después, con un título que en sus corazones y en su lengua adoptada significa padre: Tata Vasco.
Don Vasco había leído a Tomás Moro. Como auténtico cristiano amaba, y como auténtico castellano “obedecía y cumplía” —aquel testamento tan justo como olvidado— ese de que los indios no eran bestias, ni siervos, ni almas que salvar a golpes, sino gente. Gente completa. Gente con derecho a vivir su vida sin que un español les cayera encima cada mañana.

Con esa idea tan realista como cristiana montó, alrededor del lago de Pátzcuaro, un sistema de pueblos-hospital donde cada comunidad se especializaba en un oficio: Paracho hacía guitarras, Santa Clara hacía cobre, Tzintzuntzan hacía cerámica, Erongarícuaro hacía tejidos.
Los pueblos se ayudaban entre sí, compartían la cosecha, mantenían a sus viejos, criaban a sus huérfanos. Era, literalmente, una utopía funcionando en las orillas de un lago michoacano en pleno siglo XVI.
Duró lo que duran las cosas hermosas en la historia: poco, pero lo suficiente para que la memoria no se apagara.
Los oficios siguen. Los pueblos siguen. Y sobre todo, sigue la idea —enterrada en el fondo del alma purépecha— de que hay una forma decente de estar en el mundo, y de que un obispo español, hace mucho tiempo, se la enseñó.
Por eso, cuando doña Rufina enciende sus velas el primero de noviembre, no solo está llamando a sus muertos.
Está honrando, sin decirlo, a todos los que hicieron posible que su gente siguiera existiendo para poder llamarlos.
Las canoas salen
Hacia las diez de la noche, el embarcadero de Pátzcuaro empieza a llenarse de canoas.
No son las lanchas de motor de los turistas. Esas ya están amarradas, apagadas, echándose a un lado por respeto. Las que salen esta noche son las de siempre: canoas de madera oscura, largas, estrechas, con la proa levantada.
Las manejan los hombres del lago con esa remada silenciosa que se aprende de niño y no se olvida nunca, mojando la pala apenas, sin salpicar, como si el agua misma estuviera durmiendo y no hubiera que despertarla.

Van cargadas de mujeres con rebozo negro, de niños medio dormidos, de canastas con pan de muerto, tamales, chocolate espeso, veladoras nuevas. Y de flores. Sobre todo de flores. Cempasúchil naranja como fuego, nube blanca como espuma, terciopelo rojo oscuro como sangre vieja.
Las canoas cruzan el lago rumbo a Janitzio en fila silenciosa. Desde la orilla se ven las luces de las velas moviéndose sobre el agua, formando una procesión luminosa que parece flotar sin tocar la superficie. Es una de las imágenes más hermosas de México. Los fotógrafos vienen desde todas partes del mundo a intentar capturarla.
Casi nadie se da cuenta, mientras la mira, de que las canoas van raspando el fondo.
El agua que se fue
El lago de Pátzcuaro está muriendo.
No es una metáfora. Es un hecho medido, cuantificado, publicado en informes que nadie del lago necesita leer para saber. En los últimos treinta años, el lago ha perdido más de la mitad de su volumen. Las orillas se han retirado cientos de metros. Los embarcaderos viejos están tierra adentro. Islas que antes eran islas ahora están casi unidas a la costa por caminos de lodo seco que en época de secas se puede cruzar caminando.
El pescado blanco de Pátzcuaro —endémico, delicado, símbolo del lago desde antes de que todo sucediera— está prácticamente extinto. Lo que se sirve en los restaurantes turísticos ya no es. Es tilapia disfrazada. Los pocos pescadores viejos que todavía salen con la red de mariposa lo hacen más para la foto que para pescar. La red se ha vuelto adorno.

Algunos dicen que lo hacen para pescar almas y otros quesque pa’ rescatarlas.
Pero el charal, que antes se sacaba a canastadas, ahora apenas alcanza para los mercados chicos.
Y el agua, año con año, sigue bajando.
Los científicos lo explican con datos: deforestación de la cuenca, sobreexplotación de mantos, extracción tan insensata como ilegal , contaminación por aguas negras de los pueblos que crecieron sin drenaje. Todo cierto. Todo verificable. Todo insuficiente.
Porque los viejos del lago dicen otra cosa.
Dicen que el lago se está yendo porque ya no lo cuidan como Tata Vasco enseñó.
Y quizá tengan razón.
En el panteón
Cerca de la medianoche, las canoas llegan a Janitzio.
Las mujeres bajan con las canastas, los niños con las flores, los hombres con las cajas de veladoras. Suben la cuesta de piedra de la isla en silencio, iluminados solo por sus propias velas, hasta llegar al panteón que está en la parte alta, casi bajo la sombra enorme de la estatua de Morelos.
El panteón de Janitzio, esa noche, deja de ser un cementerio.
Se convierte en otra cosa.
Cada tumba se llena de velas encendidas, de comida, de flores, de fotografías. Las mujeres se sientan en el suelo junto a sus muertos y les hablan. En voz baja, en purépecha, con esa cadencia antigua que no se traduce a ningún idioma sin perder algo. Les cuentan cómo van los hijos, cómo va la cosecha, quién se casó, quién se enfermó, quién se fue a Estados Unidos y no ha vuelto.

Cantan. A veces cantan. A veces rezan. A veces rezan cantando o cantan rezando.
Pero siempre cantan y siempre rezan.
Son cantos que llevan quinientos años cantándose casi iguales. Cantos que Tata Vasco escuchó cuando llegó al lago y respetó porque entendió que había cosas que no se podían cambiar sin destruir al que las cantaba.
Doña Rufina está en un rincón del panteón, sentada junto a cuatro tumbas juntas: la de su marido, la de sus dos hijos muertos, y una cuarta pequeña, la de aquel hermano recién nacido de hace ochenta años que fue el primero que la trajo aquí. Ha encendido las velas con las manos que ya no ve. Ha puesto pan y chocolate. Ha rezado en purépecha lo que hay que rezar.
Ahora está callada, mirando el suelo.
Un muchacho joven que viene de fuera, curioso, se acerca a preguntarle en voz baja si los muertos vienen de verdad.
Doña Rufina levanta los ojos. Lo mira un rato largo antes de contestar. Y cuando lo hace, no dice ni sí ni no.
Dice esto:
—Antes venían del lago. Ahora ya no sé por dónde vienen. Pero vienen. Yo los siento cuando llegan. Solo que llegan cansados, m’ijo. Muy cansados.
Y no dice más.
El silencio del agua
Hacia las tres de la madrugada, cuando el panteón ya se ha llenado del todo de velas y el olor a copal se ha vuelto una segunda niebla sobre la isla, algunos de los ancianos bajan a la orilla.
No van a hacer nada. Van a escuchar.
Antes, dicen, en esta hora exacta el lago hacía un ruido especial. No era oleaje. No era viento. Era un rumor bajo, como una respiración, que los viejos interpretaban como el paso de los muertos cruzando el agua desde el otro lado. Se sentaban en la orilla en silencio y lo escuchaban, y sabían que la noche estaba cumpliendo lo que tenía que cumplir.
Ahora ya casi no se escucha.

El agua está tan baja, tan quieta, tan poca, que el rumor se ha ido.
Los ancianos se sientan igual, por costumbre, por respeto. Escuchan el silencio. Y luego se levantan despacio y suben de vuelta al panteón sin decirse nada, porque hay cosas que no se dicen entre gente que sabe.
Doña Rufina no baja a la orilla. Ella ya sabe lo que se escucha y lo que no se escucha.
Se queda arriba, junto a sus cuatro tumbas, con las velas ardiendo despacio, esperando el amanecer.
El amanecer
A las seis de la mañana empieza a clarear sobre el lago.
Las velas del panteón se han ido apagando una a una. El pan de muerto está mordido —los muertos lo comen, dicen los viejos, aunque a los ojos de los vivos parezca intacto—. El chocolate ya se enfrió. Las flores están cansadas.
Las mujeres empiezan a levantar sus canastas. Los niños, dormidos en el regazo de las abuelas, se despiertan a regañadientes. Los hombres bajan a preparar las canoas para el regreso.
Doña Rufina se levanta con dificultad. Le duelen las rodillas. Le duele la espalda. Le duele, sobre todo, esa cosa que no tiene nombre y que le duele desde hace años cada vez que baja del panteón y mira hacia donde antes estaba el agua.
Se detiene un momento en el borde del cementerio, apoyada en una cruz de madera, y mira el lago.
Lo mira sin decir nada.
Y entonces, quizá porque el joven curioso de anoche todavía anda cerca y ella sabe que sigue queriendo entender, dice en voz muy baja —para sí misma, para el lago, para nadie—:
—Cuando el agua se acabe, m’ijo, los muertos ya no van a poder venir. Ni cansados. No van a poder.
Y aprieta un poco más la cruz con la mano.
—Y entonces se acabará también todo lo demás.
