
En un pueblo donde el río habla más bajo que la gente, una rana tejedora convirtió lo imposible en la costumbre más ordinaria de todas: que la fruta no se pudriera jamás.
Había una vez —aunque esto no es un cuento por que a mi me lo contaron, es algo que de verdad pasó en el pueblo de San Sebastián— una ranita que vivía junto al río.
Era una rana pequeñita, del color de las hojas después de la lluvia, con unos ojos redondos y dorados que parecían dos canicas de miel. No croaba como las demás ranas. Ella cantaba bajito, como quien tararea una canción de cuna para que nadie se despierte. Y tenía unas manitas —sí, manitas, porque eran tan delicadas que no se les podía llamar de otra forma— que no paraban nunca de moverse. Era la ranita más trabajadora de toda la región, pero nadie lo sabía porque siempre trabajaba en silencio y sin quejarse.
¿Y en qué trabajaba la ranita?
¿Qué hacía con esas manitas? Tejía.
Tejía canastas. Canastas redondas como la luna llena, canastas hondas como un abrazo sincero, canastas tan bonitas que daban ganas de meterse dentro y quedarse a vivir ahí, acurrucado entre las fibras de palma y dormir arrullado por ese olor de tierra mojada.
Las hacía con junco del río, con hojitas de plátano secas al sol, con hilos de una enredadera que solo florece cuando alguien se ríe cerca del agua. Y cada mañana, la ranita cargaba sus canastas sobre la espalda —que era muy pequeñita, así que parecía una montaña verde caminando— y se iba al mercado de San Sebastián a ofrecerlas.
—Croac, croac, canastitas para guardar lo que quieran —decía con su vocecita de campana mojada.
Los niños eran los primeros en llegar. Le traían un charquito de agua limpia en una tapita de refresco, o una galleta partida a la mitad, o simplemente se sentaban a su lado a verla tejer, que era como ver a alguien hacer magia muy despacito. Y la ranita les regalaba una canasta a cada uno, moviendo la cabecita de arriba abajo como diciendo: toma, es tuya, cuídala mucho.
Al principio, las mamás y los papás guardaban en las canastas lo de siempre: el pan del desayuno, los huevos de la gallina clueca, las tortillas calientitas envueltas en un trapo de cuadros. Todo bien, todo normal, todo como en cualquier pueblo del mundo.
Pero entonces pasó algo rarísimo. Algo tan raro que la señora Carmelita, que era la que vendía mangos en la esquina, se quedó con la boca abierta durante tres minutos enteros sin poder cerrarla.
Resulta que la señora Carmelita había dejado unas fresas dentro de una canasta de la ranita y se le olvidaron. Se le olvidaron un día. Se le olvidaron dos. Se le olvidaron toda una semana entera, con su sol tremendo y su calor de los que derriten los helados antes de que te los termines. Cuando por fin se acordó y abrió la canasta, las fresas estaban… perfectas.
Rojas. Brillantes. Gorditas. Con ese olorcito dulce que te hace cerrar los ojos y sonreír sin querer.
—¡Pero cómo! —se pregunto la señora Carmelita, mientras el perico comenzó a imitarla.
Entonces todo el pueblo empezó a hacer pruebas, como si fuera un juego. Los niños metían uvas y al cabo de un mes las uvas seguían moradas y crujientes, como si acabaran de bajarlas de la vid. Las abuelas guardaban duraznos y los duraznos se ponían todavía más suaves y perfumados, como si el tiempo en vez de pasarles por encima les estuviera dando cariñitos. Un plátano que llevaba dos meses en una canasta de la ranita estaba tan amarillo y tan contento que parecía que se acababa de reír.
—¿Será el junco del río? —preguntaban unos.
—¿Será la enredadera? —decían otros.
—¿Será que la rana les echa un polvito mágico cuando nadie la ve? —susurraban los niños, que siempre piensan en las cosas más fantasiosas.
— ¡Le hizo así! — decía un niño mientras meneaba sus manitas y los demás niños reían.
Nadie lo entendía. Y entonces, una tarde en que el cielo de San Sebastián se había puesto de color naranja como una mandarina gigante, el abuelito Evaristo se aclaró la garganta y habló.
El abuelito Evaristo era el viejito más viejito del pueblo. Tenía tantas arrugas que su cara parecía un mapa de todos los caminos que había caminado en su vida. Se sentaba siempre en la misma banquita de la plaza, con su sombrero de paja y su cafecito de olla, y casi nunca decía nada. Pero cuando decía algo, todo el mundo se callaba, hasta los pajaritos.
—Es que la ranita las teje con mucho amor —dijo, así de fácil, como quien dice que el agua moja o que el sol calienta.
Los niños lo miraron con los ojos muy abiertos.
—¿Con amor? —preguntó una niña llamada Lucía, que tenía siete años y muchas pecas.
—Sí, mijita —contestó el abuelito, y le brillaban los ojos como si tuviera dos luciérnagas adentro—. Miren cómo teje. No tiene prisa. No se enoja si se le enreda un hilo. Le canta a cada canasta mientras la va armando, como si le estuviera contando un secreto. Y el amor, cuando es de verdad, se queda pegado en las cosas. Se mete entre las fibras, se esconde en los nuditos, y después protege todo lo que toca.
Hizo una pausita, le dio un sorbo a su café y remató:
—El amor es lo único que no se pudre, niña. Y lo que él abraza, tampoco.
Esa noche, todo San Sebastián durmió con una sonrisa rara en la cara, de esas que aparecen cuando entiendes algo bonito que no sabías que necesitabas entender.
Desde entonces, las canastas de la ranita son el tesoro más querido del pueblo. Las mamás guardan ahí las frutas para sus hijos. Los niños guardan ahí las flores que le arrancan al jardín de la abuela. Y dicen —aunque esto ya no sé si es verdad o si es un sueño que tuvo alguien una noche de lluvia— que si metes una carta de amor dentro de una de esas canastas, las palabras nunca se borran, ni aunque pasen cien años.
La ranita sigue ahí, junto al río, con sus ojos de miel y su cantito de cuna, tejiendo y tejiendo sin parar. No cobra nada. Solo pide que le traigan un poquito de agua limpia y que le canten una canción de vez en cuando, porque a ella también le gusta que la quieran.
Así que si algún día pasas por San Sebastián y ves a una ranita chiquita cargando una montaña de canastas verdes sobre la espalda, no te rías. Acércate. Mírale los ojos. Y si tienes una fruta en la mano, métela en una de sus canastas y espera.
Ya verás cómo, dentro de un mes, sigue sabiendo a la primera fruta que el mundo inventó: dulce, brillante y llena de algo que no tiene nombre pero que se siente muy parecido a un abrazo.
Dicen que la rana de San Sebastián todavía teje. Y dicen también que, si prestas mucha atención una noche de silencio, puedes oír su vocecita de campana mojada cantándole a las canastas para que nunca, nunca, dejen de cuidar lo que guardan dentro.