
En Paracho, Michoacán, a la madera no se le talla, se le tiene que convencer. Y cada guitarra que sale de las manos purépechas ya traía la música dentro desde antes de que existiera el bosque.
Llegué a Paracho un martes de noviembre, cuando las nubes bajaban de la sierra con la pereza de quien ya conoce el camino de memoria. El aire olía a resina y a tiempo detenido. No fue difícil encontrar el taller: bastó con seguir el zumbido. Porque según dicen, aquí las guitarras zumban antes de existir, como los niños que lloran en el vientre de sus madres cuando afuera truena.
Don Eustaquio tenía ochenta y tres años y las manos del tamaño de dos palas de nopal, pero sus dedos se movían sobre la tapa de cedro con la delicadeza de quien desviste a una novia. Me dijo que no me sentara en la silla de la esquina porque esa silla había sido una guitarra en otra vida y todavía le dolía el alma. Yo me senté en la de la esquina, por supuesto, y juro que escuché un acorde menor cuando mi peso cayó sobre el asiento.
—Aquí la madera recuerda —dijo don Eustaquio sin levantar la vista—. Usted cree que yo la corto, la lijo, la encorvo. Pero no. Yo nomás le quito lo que le sobra para que salga la canción que ya traía adentro desde que era semilla.
La herencia que pesa como la lluvia
Cuentan los más viejos del pueblo —y los más viejos de Paracho son tan viejos que ya no distinguen entre lo que vivieron y lo que soñaron— que todo empezó con un tal Vasco de Quiroga, un visitador castellano al que luego hicieron Obispo, que llegó a la meseta purépecha en el siglo XVI con la extraña convicción de que los hombres podían ser buenos si se les ponía a trabajar con las manos. Les enseñó a tallar la madera. Lo que no sabía don Vasco, o tal vez sí lo sabía y se lo calló por prudencia, es que los purépechas ya hablaban con los árboles desde mucho antes de que él cruzara el océano. Solo que antes los árboles les respondían en forma de lluvia, y después, a los españoles empezaron a responderles en forma de música.
Desde entonces, cada familia de Paracho tiene un sonido que le pertenece, como otras familias tienen un apellido o una mancha de nacimiento en la nuca. Los Hernández suenan a fandango. Los Chávez, a son calentano con un dejo de tristeza que no se les quita ni barnizando tres veces. Los Reyes fabrican guitarras que solo afinan bien cuando llueve, y nadie ha logrado explicar por qué, aunque un ingeniero acústico de la Ciudad de México vino en 2014 con sus aparatos y sus gráficas y terminó yéndose al tercer día, pálido, diciendo que las frecuencias no le cuadraban con ninguna ley de la física conocida.
El bosque que se escucha a sí mismo
Para entender una guitarra de Paracho hay que subir al monte. Yo subí con don Eustaquio una mañana en que el sol todavía no decidía si salir o quedarse dormido. Los pinos y los cedros de la sierra michoacana se alzaban como catedrales verdes, y entre sus ramas corría un viento que no era viento: era un ensayo.
—Escuche —me dijo el viejo, y se quedó quieto como una estatua de sal.
Y entonces lo oí. Un rumor que venía de las entrañas de los troncos, una vibración grave y constante, como si cada árbol estuviera tarareando una melodía que solo él conocía. Don Eustaquio me explicó que cuando un laudero necesita madera para una guitarra nueva, no va al bosque con hacha ni con sierra. Va con el oído. Camina entre los árboles durante horas, a veces días, hasta que encuentra el que está cantando la nota exacta que él necesita. Entonces le pide permiso. El árbol, si está de acuerdo, deja caer una rama esa misma noche. Si no está de acuerdo, el laudero regresa a su casa con las manos vacías y espera al año siguiente, porque forzar a un árbol es la forma más segura de fabricar una guitarra muda.
—Hubo un compadre mío —recordó don Eustaquio— que se impacientó y cortó un cedro que no le había dado permiso. La guitarra que hizo con esa madera sonaba tan bonito que la gente lloraba al escucharla. Pero lloraba de espanto, no de emoción. La tuvo que enterrar en el patio de su casa una noche de luna nueva, y dicen que todavía se oye rasguear bajo la tierra cuando pasan los perros.
Las manos que heredan los sueños
En Paracho hay más de trescientos talleres de laudería, y en cada uno de ellos trabaja al menos un niño que ya sabe lijar antes de saber escribir su nombre. Aquí en el pueblo la tradición no se enseña. Ya estamos aprendiendo de los árboles en traerla desde dentro. Los hijos de los lauderos nacen con callos en las yemas de los dedos, como si hubieran pasado la vida entera frotando madera en alguna existencia anterior. Las niñas del pueblo duermen abrazadas a trozos de caoba y amanecen con virutas en el cabello, y sus madres no se las quitan porque dicen que la madera les está contando secretos.
Doña Remedios, que tiene un taller en la calle principal donde vende vihuelas y guitarrones del tamaño de un borreguito deslanado, me confesó que su mejor guitarra la terminó de armar una noche en que ella estaba dormida. Se había dejado las piezas sobre la mesa de trabajo, todas desordenadas, y a la mañana siguiente el instrumento estaba completo, barnizado y afinado en mi mayor.
—No fui yo —dijo con una naturalidad que me heló la sangre—. Fue mi abuelo. Él murió hace cuarenta años, pero todavía viene a ayudarme cuando tengo mucho pedido. Nomás que me cobra: al día siguiente siempre falta una botella de charanda de la alacena.
El sonido que cruza fronteras y siglos
Las guitarras de Paracho han viajado más que muchos hombres. Se las llevan a Guadalajara, a la Ciudad de México, a Los Ángeles, a Madrid. Pero los lauderos aseguran que ninguna guitarra se va del todo. Una parte del sonido siempre se queda en el pueblo, flotando entre las calles empedradas y los techos de teja, acumulándose en las paredes de adobe como la humedad se acumula en los huesos de los ancianos. Por eso, dicen, Paracho suena distinto a cualquier otro lugar del mundo: el aire mismo está hecho de notas musicales que llevan siglos rebotando de un cerro a otro.
Un músico de jazz de Nueva Orleans que visitó el pueblo en los años noventa compró una guitarra y se la llevó a Luisiana. Tres meses después le mandó una carta a don Eustaquio —quien no sabe leer, pero la carta se la leyó el cura— diciéndole que la guitarra se negaba a tocar blues. Solo tocaba sones michoacanos, y cuando él intentaba forzarla a hacer acordes de jazz, las cuerdas se le rompían una por una, como si la guitarra prefiriera quedarse muda antes que traicionar su origen. El músico terminó aprendiendo a tocar sones. Dijo que fue la mejor decisión de su vida.
Me fui de Paracho un jueves de madrugada, con una guitarra pequeña bajo el brazo que don Eustaquio me regaló a cambio de que le prometiera no guardarla en un estuche. “Las guitarras encerradas se deprimen”, me dijo, “y una guitarra deprimida desafina hasta el himno nacional”.

Paracho, Michoacán. Capital mundial de la guitarra. Donde los árboles cantan, los lauderos sueñan despiertos y cada acorde es una conversación entre el hombre y un bosque que nunca dejó de hablar.