En el Golfo de California, donde el desierto de Sonora se mete al agua como un lagarto sediento y el cielo tiene el mismo color que la arena, había una vez un banco de peces voladores que decidió no volver a sumergirse nunca más, no porque les gustara el aire sino porque el agua se…

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Los peces que aprendieron a nadar en el viento porque el mar se les acabó

peces voladores del golfo de california

En el Golfo de California, donde el desierto de Sonora se mete al agua como un lagarto sediento y el cielo tiene el mismo color que la arena, había una vez un banco de peces voladores que decidió no volver a sumergirse nunca más, no porque les gustara el aire sino porque el agua se había ido de vacaciones y había olvidado el camino de regreso.

Salitre era un pez volador del género Exocoetus, que en latín significa “el que duerme afuera”, aunque ningún biólogo marino ha podido explicar por qué le pusieron ese nombre a un pez que supuestamente vive adentro del agua y solo sale al aire cuando un dorado o un atún lo persigue con la intención de comérselo.

Medía unos veintitrés centímetros de la nariz a la cola, tenía las aletas pectorales del tamaño de dos abanicos de palma y los ojos grandes y redondos de todos los peces que han visto cosas que preferirían no haber visto, y su cuerpo era de un azul plateado que brillaba con la luz del sol como una moneda de cinco pesos recién sacada de la bolsa de un turista.

El Golfo de California era, hasta hace poco, el acuario del mundo. Así lo llamó Jacques Cousteau en los años setenta, cuando llegó con su barco blanco, su gorro rojo y su acento francés. Se metió al agua con su cámara y salió llorando de la emoción; nunca había visto tantas ballenas, tiburones y mantarrayas. Había peces de tantos colores que parecía imposible que existiera un lugar así en el planeta.

El abuelo que recordaba el río

El abuelo de Salitre se llamaba Merlín, que no es un nombre de pez sino de mago, pero él juraba que su madre se lo había puesto porque cuando él nació el agua del Golfo era tan mágica que los peces podían hablar con las ballenas y las ballenas les contaban historias del Ártico que a los peces les parecían cuentos de hadas, con icebergs del tamaño de cerros y osos blancos que nadaban en un mar que no era de agua salada sino de agua congelada, que es una cosa que un pez de Sonora no puede imaginar sin que se le congelen las branquias del espanto.

Merlín le contaba a Salitre historias del antiguo Golfo cada noche, cuando el banco de peces voladores flotaba cerca de la superficie y las estrellas se reflejaban en el agua como si el cielo se hubiera caído al mar y nadie se hubiera molestado en recogerlo.

—Antes —decía Merlín, y su voz burbujeaba con la nostalgia de los viejos que han visto un mundo mejor y saben que no van a volver a verlo—, antes el Río Colorado llegaba hasta aquí. Era un río enorme, Tadeo… perdón, Salitre, me confundo de nieto, el otro ya se lo comió un tiburón en 2017… Era un río enorme que bajaba desde las montañas de Colorado, cruzaba todo el desierto de Arizona y de Sonora y desembocaba aquí, en el norte del Golfo, trayendo agua dulce y nutrientes y sedimentos que alimentaban a todo el ecosistema. El agua del Golfo era una mezcla perfecta de salada y dulce, como un aguachile bien preparado, y los camarones crecían del tamaño de tu aleta y los totoabas cantaban en las noches de luna llena con una voz que hacía llorar a las focas.

—¿Y qué pasó con el río? —preguntaba Salitre, que ya conocía la respuesta pero que le gustaba escucharla porque la voz de su abuelo era la única cosa en el Golfo que todavía sonaba a esperanza.

—Los gringos lo secaron —decía Merlín, y sus branquias se abrían y se cerraban con la indignación de un viejo que ha visto demasiadas injusticias y que ya no tiene fuerzas para protestar pero que todavía tiene voz para maldecir—. Construyeron presas y más presas a lo largo de todo el río, la Hoover Dam, la Glen Canyon Dam, la Morelos Dam, una tras otra como una fila de candados en la garganta del agua, y cada presa le quitaba un pedazo al río hasta que al final no quedaba nada, y el Río Colorado, que antes era el río más poderoso del oeste de América y que llevaba tanta agua que los antiguos decían que era lo que sostenía el mundo, terminó convertido en un hilo de lodo que se pierde en el desierto antes de llegar al mar, como un hombre que sabe que tiene que llegar, pero las fuerzas ya no le dan.

Merlín guardaba silencio un momento, y en ese silencio Salitre podía escuchar el eco del río que ya no existía, un murmullo fantasma que venía del norte y que sonaba como una promesa rota, como una carta de amor que nunca llegó a su destino, como el sonido que hace el agua cuando se evapora y se convierte en aire y se olvida de que alguna vez fue río.

—Y cuando el río dejó de llegar —continuaba Merlín—, el Golfo empezó a morirse. No de golpe, sino despacito, como se muere un anciano al que le van quitando las medicinas una por una. Primero desaparecieron los camarones, que eran los más delicados y los primeros en irse cuando el agua se ponía demasiado salada. Luego desaparecieron los totoabas, que los pescadores chinos cazaron hasta la extinción porque sus vejigas natatorias valían más que el oro en los mercados de Hong Kong, y que Dios los perdone porque yo no voy a hacerlo.

Luego desaparecieron las vaquitas marinas, que eran las criaturas más tímidas y más hermosas del Golfo y que ahora quedan menos de diez en todo el mundo, escondidas en un rincón del Alto Golfo como niñas asustadas que se meten debajo de la cama cuando oyen que los adultos se están peleando. Y luego empezó a desaparecer el agua misma, que es lo más terrible de todo, porque un mar sin agua es como un cielo sin aire: una contradicción, una burla, un chiste cruel que nadie se ríe.

El año en que el mar se calentó como una sopa

Salitre tenía dos años cuando empezó la Gran Sequía, que es como los peces del Golfo llaman al período en que el agua se retiró de la costa norte con la misma velocidad con que un turista se va de un hotel cuando descubre que la alberca está vacía y el bufet de mariscos huele a amoníaco.

No fue un evento dramático. No hubo una explosión ni un terremoto ni un maremoto que se llevara el agua de un jalón.

Fue algo lento y silencioso y cotidiano, como la forma en que se vacía una bañera cuando alguien olvida cerrar la llave del desagüe, solo que al revés: la llave del desagüe estaba abierta y la llave del agua estaba cerrada, y el Golfo se iba vaciando gota a gota, día a día, temporada a temporada, sin que nadie en la Ciudad de México ni en Washington ni en Pekín pareciera importarle.

La temperatura del agua subió tres grados en cinco años, que para un océano es como si a un humano le subiera la fiebre 3 grados de un mes a otro: una sentencia de muerte.

El fitoplancton, que es la base de toda la cadena alimenticia marina y que los humanos ignoran con la misma despreocupación con que ignoran a los campesinos que cultivan su comida, empezó a morir de calor y de falta de nutrientes, y cuando el fitoplancton murió, el zooplancton murió de hambre, y cuando el zooplancton murió, las sardinas murieron de hambre, y cuando las sardinas murieron, los dorados y los atunes y los marlines se fueron a buscar comida a otro lado, y el Golfo de California, que Jacques Cousteau había llamado el acuario del mundo, se convirtió en una pecera vacía con las paredes llenas de cal y el filtro descompuesto y un olor a pescado muerto que los turistas de San Carlos y de Puerto Peñasco confundían con el olor natural del mar, que es una ofensa para el mar y para los peces muertos y para cualquiera que tenga una nariz funcional.

Salitre y su banco de peces voladores —que eran unos trescientos al principio de la sequía y que para el final eran apenas cuarenta— intentaron nadar hacia el sur, buscando agua más fresca y más profunda, pero el sur también se estaba calentando y las corrientes que antes circulaban por el Golfo como un sistema de aire acondicionado natural se habían detenido porque la diferencia de temperatura entre el norte y el sur ya no era suficiente para generar el movimiento, y el agua se quedó quieta, estancada y demasiado caliente.

El primer vuelo que no fue de huida

Los peces voladores, como su nombre indica, vuelan. Pero no vuelan porque les guste. Vuelan porque los persiguen. El vuelo de un pez volador es un acto de terror, no de placer: el pez nada a toda velocidad hacia la superficie, rompe la película del agua con la nariz, despliega sus aletas pectorales como dos alas de papel y se eleva en el aire durante unos segundos, a veces hasta cuarenta metros de distancia, antes de caer de nuevo al agua con un chapuzón que es al mismo tiempo un alivio y una resignación, porque el pez sabe que en el aire no hay comida ni hay oxígeno.

Tampoco hay refugio.

El aire es un lugar hostil y seco y lleno de pájaros que quieren comerte, y que la única razón para estar en el aire es que el agua de abajo es todavía más peligrosa.

Pero una mañana de julio, la mañana más caliente que el Golfo de California había registrado en la historia de las mediciones oceanográficas, Salitre salió a la superficie huyendo de un dorado hambriento y descubrió que el agua a la que debía regresar ya no estaba.

No del todo. Todavía había agua, por supuesto, pero estaba tan caliente y tan salada y tan llena de algas muertas que meterse en ella era como meterse en una olla de caldo hirviendo que alguien había sazonado con sal, chile de árbol y con mucha desesperación.

Salitre planeó sobre la superficie con sus aletas extendidas y miró hacia abajo y vio el agua turbia y verdosa y burbujeante, y sintió que sus branquias se le cerraban del asco y que su instinto de pez le gritaba que no se sumergiera, que no bajara, que se quedara arriba, en el aire, en el viento, en el único lugar que todavía estaba fresco y limpio y respirable.

Hizo algo que ningún pez volador había hecho en los ciento cincuenta millones de años de historia evolutiva de su familia: decidió no caer.

Batió sus aletas pectorales con una fuerza que no sabía que tenía, y el viento del desierto de Sonora, que soplaba desde el noroeste con la furia seca de un horno de adobe, lo levantó un metro, dos metros, tres metros por encima de la superficie del agua, y Salitre se encontró de repente nadando en el aire, con el cielo azul encima de él y un mar muerto debajo de él.

Con el desierto dorado a su alrededor, sintió una libertad tan grande y tan aterradora que sus ojos de pez se llenaron de lágrimas de agua salada, que es la única clase de lágrimas que un pez puede llorar y que en su caso eran indistinguibles del mar del que acababa de huir.

—¡Abuelo! —gritó Salitre desde el aire, con una voz que el viento se llevó hacia el sur como una carta sin destinatario—. ¡Abuelo, no te metas al agua! ¡El agua ya no es agua! ¡El agua es sopa! ¡Quédate arriba! ¡Quédate en el viento!

Merlín, que estaba abajo flotando en la superficie con la panza hacia arriba y las branquias apenas moviéndose, escuchó la voz de su nieto y levantó un ojo, el que no tenía nubes de cataratas, y vio a Salitre volando en círculos sobre el Golfo como una golondrina azul y plateada que hubiera olvidado que era un pez, y sintió una mezcla de orgullo y de tristeza mientas soltaba su última lágrima de sal.

—Yo ya no puedo volar, mijo —le dijo Merlín con la voz débil de los peces que están a punto de convertirse en fósiles—. Mis aletas ya no aguantan. Mis huesos ya pesan demasiado. Yo nací en el agua y en el agua me voy a quedar, aunque el agua ya no sea lo que era. Pero tú vuela, Salitre. Tú vuela por los dos. Vuela por tu abuelo y por tu padre y por todos los peces que ya no pueden salir a la superficie porque el agua los tiene atrapados como una prisión de sal y de calor. Vuela y no mires hacia abajo, porque lo que vas a ver te va a partir el corazón de pez y los peces no tenemos la capacidad para soportar tanta tristeza.

Uno por uno, los cuarenta peces voladores que quedaban en el banco de Salitre fueron saliendo del agua y no volvieron a entrar.

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Para los peces voladores del Golfo de California, que vuelan porque no les queda de otra. Para el Río Colorado, que ya no llega al mar y que los humanos dieron por muerto sin funeral ni esquela ni minuto de silencio. Para las vaquitas marinas, las totoabas, los corales y todos los habitantes del acuario del mundo que se están quedando sin acuario. Para los seris, que llevan miles de años diciéndole al mar que lo quieren en una lengua que el progreso no ha logrado borrar del todo. Y para Merlín, que murió con la panza hacia arriba mirando al cielo donde su nieto volaba, y que desde el fondo del Golfo seco sigue mandando burbujas de aire que nadie recibe pero que el viento, que es el cartero más fiel del mundo, siempre entrega a su destino.