Para don Marcelino, el río no era un simple lugar. Era un pariente viejo que de noche, cuando se le bajaba la guardia, por fin se animaba a hablar. En la Mixteca alta, donde los cerros se arrugan como la frente de los abuelos y la tierra se abre de sed cada verano, hay un…

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Los peces que contaban la lluvia

Para don Marcelino, el río no era un simple lugar. Era un pariente viejo que de noche, cuando se le bajaba la guardia, por fin se animaba a hablar.

En la Mixteca alta, donde los cerros se arrugan como la frente de los abuelos y la tierra se abre de sed cada verano, hay un río que no aparece en los mapas del gobierno. Los ingenieros agrónomos que vinieron en los años setenta a medir caudales lo buscaron durante tres semanas con sus brújulas y sus satélites y no lo encontraron, aunque pasaron justo por encima de él en dos ocasiones. El río, que se llama Yuta Ndaa en la lengua que los de fuera ya casi no hablan, tiene la costumbre de esconderse cuando lo buscan y de aparecer cuando alguien lo necesita. Es un río tímido, como los niños mixtecos que se tapan la cara con el sombrero cuando les toman fotografías.

Es un río que no existe, pero se puede pescar en él.

Marcelino Cruz Santiago lo encontró hace cuarenta años, pero yo pienso que fue el río quien lo encontró a él. Las versiones varían según quién cuente la historia y según la cantidad de mezcal que se haya bebido esa noche, pero a mi me lo contó uno señor que pasó el otro día con una guitarra de las pequeñas, de esas que hacen en Paracho, muy lejos de aquí. Lo cierto es que Marcelino tenía diecinueve años y una tristeza del tamaño de un cerro entero porque su novia se había ido a Tijuana con un primo que tenía camioneta, y él salió a caminar sin rumbo hasta que sus pies lo llevaron a la orilla de un agua que no debía estar ahí, en medio de una cañada que de día era puro polvo y piedras.

El agua brillaba. No con el brillo normal de la luna sobre un río, que es un brillo blanco y obediente, sino con un resplandor propio, como si debajo de la superficie alguien hubiera encendido miles de velitas de colores. Marcelino se sentó en una roca y se quedó mirando, y fue entonces cuando el primer pez asomó la cabeza fuera del agua y le dijo, con una voz que sonaba a burbujas y a flauta de carrizo:

—Llevas mucho rato suspirando y nos estás espantando el sueño. ¿Qué te pasa?

Marcelino, que era un muchacho educado y que además estaba demasiado triste para asustarse, le contó al pez lo de su novia y la camioneta y Tijuana. El pez, que era de un color azul imposible, como el azul que usan las mujeres de Tlaxiaco para teñir sus huipiles, lo escuchó con paciencia y luego le dijo:

—Eso ya pasó en el Códice de la Serpiente, página trece. La mujer se va, el hombre llora, y al final resulta que la mujer era una manifestación de Dzahui y el hombre no lo supo hasta que se le secaron los ojos. No te preocupes. Mañana va a llover.

Y llovió. Fue la primera lluvia de la temporada y cayó tan fuerte que el río creció tres metros y Marcelino tuvo que treparse a un mezquite para no ahogarse. Desde esa noche supo que volvería a pescar.

La hora en que el agua recuerda

Los pescadores de la Mixteca, los pocos que quedan, salen al río de madrugada, cuando todavía está oscuro pero ya se intuye el sol detrás de los cerros. Lanzan sus redes de nailon y recogen tilapias flacas y carpas con cara de resignación. Es una pesca honesta pero triste, como todo lo que se hace con prisa.

Marcelino no. Marcelino sale cuando la noche ya se ha asentado bien, cuando las estrellas están tan bajas que casi se pueden pescar con la mano, y se sienta en su cayuco de madera de parota con una red que tejió su abuela y que tiene más nudos que una vida de sesenta años. No lleva lámpara. No la necesita. Los peces de colores le alumbran el camino.

Aparecen primero los naranjas, que son los más jóvenes y los más chismosos. Nadan en círculos alrededor del cayuco y le cuentan a Marcelino lo que pasó en el pueblo durante el día: que la señora Carmen le puso cuernos al carnicero, que el maestro de la primaria se emborrachó en la tienda de doña Lupe, que un coyote se metió al gallinero del comisariado y se llevó tres gallinas y una sandalia. Marcelino los escucha con una sonrisa y les echa bolitas de masa de maíz, que es lo que más les gusta.

Después llegan los verdes, que son peces de mediana edad y temperamento filosófico. Estos no cuentan chismes sino reflexiones. Le hablan a Marcelino sobre la naturaleza circular del tiempo, sobre por qué los cerros de la Mixteca se están quedando calvos, sobre la diferencia entre la soledad y la tristeza, que no son la misma cosa aunque la gente las confunda. Un pez verde que Marcelino llama Don Profe, porque tiene una mancha en la aleta que parece un bigote, le explicó una noche que el universo entero es un río que fluye hacia arriba y que los seres humanos somos los peces que todavía no se han dado cuenta de que están nadando, pero también le dijo que en ese camino, el que no nada retrocede.

—Usted dice muchas cosas raras, Don Profe —le respondió Marcelino.

—Y usted hace muchas preguntas obvias —replicó el pez—, pero lo quiero igual.

Los últimos en aparecer, siempre cerca de la medianoche, son los peces rojos. Los rojos son los más viejos y los más grandes, y cuando nadan el agua tiembla como si por debajo pasara un temblor de tierra. Estos no cuentan chismes ni filosofías. Cuentan la historia del mundo.

El pez que sabía de memoria

Fue un martes de febrero, la noche más fría que Marcelino recordaba en muchos años, cuando apareció el pez más grande que jamás había visto. Era rojo como la sangre de un venado y tan largo como el cayuco, y cuando sacó la cabeza del agua sus ojos eran dos lunas llenas que iluminaron toda la cañada. Marcelino sintió que el corazón se le detenía un instante, como un reloj de pared al que se le acaba la cuerda.

—Tú eres el que viene todas las noches —dijo el pez con una voz que no era de burbujas ni de flauta sino de trueno lejano, de esos truenos que se oyen en la Mixteca en junio y que hacen que hasta los perros se metan debajo de las camas.

—Sí, señor —dijo Marcelino, y le pareció natural tratarlo de usted.

—Yo estuve ahí cuando todo empezó —dijo el pez, y el río entero se quedó quieto, como si hasta la corriente quisiera escuchar—. Antes de que hubiera cerros, antes de que hubiera lluvia, antes de que hubiera Mixteca, solo había oscuridad y niebla. Todo era una sola cosa, un bulto enorme de nada que respiraba despacio. Y entonces uno que no era Dzahui, tan solo estornudó.

Marcelino se inclinó hacia adelante en el cayuco. Los peces naranjas y verdes se habían callado y flotaban inmóviles alrededor del pez rojo, como niños en una asamblea escolar.

—Del estornudo salió el primer rayo de luz —continuó el pez—, y la luz cayó sobre la espuma del río original, que es este mismo río en el que tú estás sentado, aunque entonces era más ancho y más hondo y corría en todas direcciones al mismo tiempo. De la espuma nacieron los primeros hombres y las primeras mujeres, y nacieron ya sabiendo hablar, porque la palabra de la lluvia, el tu’un savi, no se aprende, es una herencia que se debe cuidar como lo más preciado. Los primeros mixtecos nacieron con la lengua en la boca y la memoria en los huesos, y lo primero que dijeron fue: “¿Dónde estamos?”, y el río les contestó: “Aquí, que es el lugar que existe”.

El pez rojo guardó silencio un momento. Una garza que dormía en la orilla abrió un ojo y lo volvió a cerrar, como si el relato no fuera de su incumbencia.

—Después vino el árbol de Apoala —dijo el pez—, el que tenía las raíces en el cielo y las ramas en la tierra, y de sus ramas colgaron los primeros códices, que no eran de piel de venado sino de agua solidificada. En esos códices estaba escrito todo lo que iba a pasar: la llegada de los que tienen barba, la caída de Tenochtitlán, la construcción de la carretera que partió la Mixteca en dos, la migración de los jóvenes a las ciudades del norte, la soledad de los viejos que se quedaron. Todo estaba ahí desde el principio, Marcelino. Tu novia yéndose a Tijuana estaba escrita en ese mismo códice.

—¿Y yo pescando de noche estaba escrito también? —preguntó Marcelino con un hilo de voz.

El pez rojo lo miró con sus ojos de luna y por primera vez sonrió, o al menos hizo un gesto que en un pez equivale a una sonrisa: abrió la boca un poco más de lo necesario y dejó ver una hilera de dientes translúcidos que brillaban como cuarzo.

—Tú estabas escrito en la última página —dijo—. La página que todavía no se ha terminado de escribir. Tú eres el que escucha, Marcelino. El que viene cada noche a recordar lo que los demás ya olvidaron. Cuando tú dejes de venir, el río se va a secar. No mañana, no el próximo año, pero se va a secar. Y cuando el río se seque, los peces nos vamos a volver piedras y las historias se van a quedar atrapadas dentro de las piedras y nadie las va a poder sacar.

Marcelino sintió que los ojos se le llenaban de agua, y por un momento no supo si estaba llorando o si el río se le había metido en la cara.

—¿Y qué puedo hacer yo? —preguntó—. Soy un pescador viejo que no sabe leer ni escribir. ¿Cómo voy a salvar las historias?

El pez rojo hundió la cabeza lentamente en el agua y antes de desaparecer por completo dijo algo que Marcelino tardó muchos años en entender:

—No tienes que salvarlas. Solo tienes que seguir viniendo. La memoria no se guarda en los libros, Marcelino. Se guarda en la costumbre. Mientras tú sigas sentándote en este cayuco cada noche, el río va a seguir corriendo y nosotros vamos a seguir hablando. La costumbre es el códice de los pobres, y es el que prevalece por siempre.

El amanecer que siempre llega

Marcelino recogió su red vacía. Nunca pesca nada, en realidad. Los peces de colores no se dejan atrapar y las tilapias y las carpas saben que a esas horas el río está ocupado en asuntos más importantes que la supervivencia de un hombre hambriento. Pero a Marcelino no le importa. Él no sale a pescar peces. Sale a pescar palabras.

Cuando el cielo empezó a clarear y los cerros de la Sierra Mixteca se dibujaron en el horizonte como una fila de gigantes dormidos, los peces de colores se fueron apagando uno por uno, como velas que el viento va soplando con delicadeza. Primero los naranjas, que se despidieron con un chisme de última hora sobre el Don Toño y la sobrina del presidente municipal. Luego los verdes, que le dejaron una reflexión sobre la impermanencia de las cosas que Marcelino ya olvidó antes de llegar a su casa. Y al final los rojos, que se hundieron en lo más profundo del río sin decir nada, porque las historias más importantes son las que se cuentan con el silencio.

Marcelino amarró el cayuco a la rama de un ahuehuete y caminó de regreso al pueblo por la vereda de tierra roja. El sol ya estaba saliendo y el mundo volvía a ser un lugar razonable, con sus cerros pelones y su polvo y su pobreza enraizada en la tierra seca. Nadie en el pueblo le preguntó qué hacía despierto a esas horas. En la Mixteca, la gente sabe que hay cosas que es mejor no preguntar, porque las respuestas suelen ser más complicadas que las preguntas y además nadie tiene tiempo para explicaciones largas cuando hay que llevar a los niños a la escuela y poner las tortillas en el comal.

Pero esa noche, y la siguiente, y todas las noches que le quedaban de vida, Marcelino volvió al río. Se sentaba en su cayuco con su red vacía y esperaba a que los peces de colores encendieran el agua y le contaran otra vez, desde el principio, la historia del estornudo de ese Dios y la espuma y el árbol de Apoala. Y cada vez que la escuchaba, la historia cambiaba un poco, como cambian los ríos y como cambian los sueños y como cambia la cara de un hombre en el espejo cuando deja de mirarse con tristeza.

Dicen que Marcelino murió una madrugada de octubre, a los noventa y siete años, sentado en su cayuco en medio del río, con una sonrisa en la boca y la red enrollada en las manos. Lo encontraron al amanecer, flotando entre dos aguas, y los que lo sacaron juraron que el río estaba lleno de peces de colores que nadaban en círculos alrededor del cayuco y que cantaban en una lengua que nadie entendía pero que a todos les hizo llorar sin saber por qué.

Lo enterraron en el panteón del pueblo, debajo de un mezquite que da sombra a las tumbas más viejas. Y esa noche, por primera vez en cuarenta años, el río Yuta Ndaa desapareció de la cañada. Los ingenieros del gobierno, si hubieran vuelto a buscarlo, por fin habrían tenido razón.

Pero los viejos de la Mixteca dicen que no se fue para siempre. Dicen que el río nomás se escondió a llorar, como se esconden los niños cuando se les muere el abuelo, y que un día de estos, cuando nazca otro muchacho triste que necesite caminar sin rumbo hasta encontrar un agua que no debería estar ahí, el río va a volver a aparecer, y los peces de colores van a encenderse otra vez, y las historias antiguas van a seguir contándose en voz baja, en la lengua de la lluvia, para que el mundo no se le olvide a nadie.

Mientras tanto, en las noches muy silenciosas de la Mixteca, si uno pega la oreja a la tierra seca y escucha con atención, todavía se puede oír el rumor de un río que corre por debajo de las piedras, y la voz de un pez rojo que dice:

—Todo estaba escrito. Y todo sigue escribiéndose. Y tú, que estás leyendo esto, ya eres parte del códice.

Para los ñuu savi, que saben que la memoria es un río y que los ríos, aunque se sequen, nunca dejan de correr por debajo.