
Tener un tranvía no es antiguo, es elegante, y era tuyo, aunque tal vez no lo hayas conocido. El repiqueteo metálico de una rueda de acero mordiendo un riel empotrado en el asfalto de la calle de Tacuba. O esos que iban por Clavería o La Roma. El tintineo de una campana que le gritaba a los peatones —con una cortesía que ya no existe—: permiso, permiso, que voy de paso y llevo prisa, pero no llevo prisa de verdad.
Ese sonido ya no existe. Y la ciudad, créeme, no ha dejado de pagarlo.
La vieja Ciudad de México, la de los años veinte, treinta, cuarenta.
Y bien entrados los ochentas.
Una ciudad todavía a escala humana, de edificios bajos y cielos limpios donde los volcanes se veían como postales recortadas contra el azul.
Por sus avenidas se deslizaban, majestuosos y sin prisa, los tranvías. Cajones de madera y metal, muchos pintados de aquel color característico, avanzando colgados de un cable como marionetas obedientes de la electricidad. Conectaban el Zócalo con Xochimilco, el centro con Tacubaya, Chapultepec con los barrios que entonces eran casi pueblos.
Eran las arterias por donde corría la sangre de la ciudad.
Y subir a uno era todo un rito. El escalón alto, el tintineo al arrancar, el conductor con su gorra y su palanca, el cobrador recorriendo el pasillo con su cambio sonando en el bolsillo. Dentro viajaba la ciudad entera: la señora con su bolsa del mandado, el oficinista de traje raído, el estudiante, el enamorado que se bajaba una parada después solo por acompañar a quien no debía.
El tranvía era democrático. En él cabían todos, y todos iban, por fuerza, al mismo ritmo pausado.
Era también un teatro rodante por las calles de la ciudad.
Porque eso era un viaje en tranvía: un espectáculo lento.
No se iba rápido a ningún lado; se iba, simplemente, y en ese ir estaba el placer. Por las ventanillas abiertas entraba el aire, los olores de las fondas, los pregones de los vendedores, el repiqueteo de las campanas de las iglesias. La ciudad se ofrecía despacio, cuadro por cuadro, como una película proyectada a la velocidad justa para poder mirarla.
Había tiempo.
Tiempo de ver pasar las fachadas, de reconocer a un conocido en la banqueta y saludarlo con la mano, de perderse en los pensamientos propios mientras el vagón se mecía. El tranvía no te llevaba de un punto a otro: te llevaba a través de la ciudad, y te la dejaba ver, y te la dejaba sentir. Viajabas y, al mismo tiempo, habitabas.
Qué lujo, visto desde hoy. Qué lujo inmenso aquel de tener tiempo de mirar por la ventana.
Pero supuestamente llegó el progreso, que casi siempre viene vestido de prisa.
Llegó el automóvil, y tuvieron a quien culpar. A quien culpar de quitar los árboles, a quien culpar de “gastar” grandes presupuestos, a quien culpar de borrar la historia para, según ellos, volverla a reescribir.
Y así, poco a poco, con esa crueldad administrativa que no derrama una lágrima, se fueron arrancando las líneas. Una tras otra. Se levantaron los rieles, se cortaron los cables, se mandaron los viejos vagones al desguace o al olvido. Las campanillas callaron. El último tranjía recorrió sus últimas cuadras casi en secreto, sin honores, como quien se va de una fiesta sin despedirse para no molestar.
Y la ciudad, sin darse cuenta, enmudeció una parte de su alma. Donde había habido tintineo, hubo claxon. Donde había habido ritmo pausado, hubo embotellamiento. Cambiamos la campanilla por la bocina, y nos dijeron que eso era avanzar.
Los rieles invisibles
La Ciudad de México tiene una costumbre: entierra sus lagos, sus ríos, y sus tranvías.
Debajo de algunas calles quizá todavía duerman rastros de aquella red: fragmentos, trayectorias, memorias metálicas. No siempre visibles, pero presentes como están presentes los antiguos lagos bajo el concreto, los pueblos absorbidos por la mancha urbana, las casas derribadas, los cines desaparecidos y los nombres de calles que ya nadie sabe explicar.
Los tranvías pertenecen a esa arqueología cotidiana.
No son únicamente vehículos viejos. Representan una ciudad que aprendió a moverse en común antes de que el automóvil impusiera su monólogo de humo, bocinas y prisa. Representan una modernidad distinta, menos enamorada del motor privado y más consciente de que una ciudad es, ante todo, un acuerdo entre quienes la habitan.
La paradoja es que hoy, cuando el mundo busca reducir emisiones y recuperar espacios públicos, el tranvía ha vuelto a ser una solución contemporánea en muchas ciudades. Los sistemas modernos no tienen por qué parecer antiguos: son silenciosos, eléctricos, accesibles y pueden integrarse con otros medios de transporte.
La Ciudad de México no necesita copiar a Lisboa.
Necesita atreverse a aprender de su propia historia.
Necesita saber tener tranvías.