Hubo un tiempo en que nadie pronunciaba la palabra Pátzcuaro. No existía Janitzio. No existían los purépechas. No había redes de mariposa suspendidas sobre el agua ni remos cortando el amanecer. Ningún niño corría entre las orillas. Ningún anciano esperaba a sus muertos con una vela encendida. Solo existía el silencio. Y el agua. Mucha…

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Pátzcuaro: Cuando el lago todavía no tenía nombre

Lagos-de-Michoacán
fotografía: Oscar Almanza Sánchez

Hubo un tiempo en que nadie pronunciaba la palabra Pátzcuaro.

No existía Janitzio.

No existían los purépechas.

No había redes de mariposa suspendidas sobre el agua ni remos cortando el amanecer. Ningún niño corría entre las orillas. Ningún anciano esperaba a sus muertos con una vela encendida.

Solo existía el silencio.

Y el agua.

Mucha agua.

Hace decenas de miles de años, cuando el Eje Neovolcánico aún modelaba el corazón de México, la tierra empezó a cerrarse sobre sí misma.

No ocurrió de un día para otro. Los lagos no nacen como nacen las ciudades. No hay una fecha. No hay un primer amanecer.

La roca se elevó lentamente.

Los antiguos volcanes modificaron el relieve, desviaron escurrimientos, levantaron barreras invisibles para quien las contempla hoy. El agua comenzó a quedarse. Primero fueron pequeñas lagunas dispersas. Después humedales. Luego una gran cuenca que, año tras año, siglo tras siglo, fue encontrando su equilibrio.

Así nació el lago.

No con estruendo.

Sino con paciencia.

La misma paciencia con la que una gota termina excavando la piedra.

Entonces llegaron los inviernos.

Y con ellos las primeras aves.

Nadie las esperaba.

Descendían desde el norte siguiendo rutas que todavía hoy desafían nuestra comprensión. Encontraban aquella inmensa superficie de agua rodeada por montañas cubiertas de pinos y encinos, descansaban unas semanas y emprendían de nuevo el vuelo.

Mucho antes de que existieran fronteras.

Mucho antes de que existiera el nombre de México.

El lago ya era una estación para viajeros que nunca aprendieron a leer mapas.

El agua estaba viva.

No era una lámina inmóvil.

Respiraba.

En primavera subía algunos centímetros. En la estación seca retrocedía con suavidad. Los manantiales la alimentaban desde abajo, donde nadie podía verlos. El viento dibujaba sobre la superficie caminos invisibles que solo conocían los peces.

Bajo aquella agua cristalina comenzaron a evolucionar especies que no existirían en ningún otro lugar del planeta.

El pescado blanco.

Los charales.

Pequeñas criaturas que aprendieron a vivir únicamente allí, como si el lago hubiera decidido guardar algunos secretos para sí mismo.

Las mañanas empezaban con niebla.

No una niebla espesa que ocultara el mundo.

Era una respiración.

Una fina capa de vapor que nacía cuando el agua aún conservaba el calor de la noche y el aire descendía frío desde las montañas.

Durante unos minutos el lago desaparecía.

Solo quedaban sombras.

Las orillas dejaban de existir.

Las islas parecían flotar en un vacío blanco donde arriba y abajo perdían importancia.

Quien hubiera contemplado aquel paisaje sin conocerlo habría pensado que el mundo aún estaba sin terminar.

Miles de años pasaron así.

Bosques enteros nacieron y murieron alrededor de sus orillas.

Los volcanes dejaron de rugir.

Los árboles cambiaron de generación cientos de veces.

El lago permaneció.

No exactamente igual.

Los lagos nunca son iguales.

Avanzan.

Retroceden.

Respiran.

Guardan memoria en el barro que se deposita lentamente en el fondo, como un libro donde cada capa conserva el recuerdo de un año de lluvias, de una sequía, de un incendio lejano, de una nube de ceniza.

Todo queda escrito.

Solo hace falta aprender a leer el lodo.

Y un día…

Llegaron los seres humanos.

No conquistaron el lago.

No lo descubrieron.

Simplemente aparecieron demasiado tarde para ser los primeros.

Encontraron un paraiso que llevaba miles de años preparando su llegada.

Aprendieron a navegar aquellas aguas.

Aprendieron los ciclos de los peces.

Escucharon a las aves antes del amanecer.

Vieron cómo la niebla cubría las islas cada invierno.

Con el tiempo le dieron un nombre.

Después llegarían los pueblos.

Las leyendas.

Las canoas.

Los pescadores.

Los muertos que cruzan el agua una noche al año.

Pero todo eso ocurrió después.

Muchísimo después.

Porque el verdadero protagonista nunca fue Janitzio.

Nunca fue un rey.

Nunca fue un conquistador.

Ni siquiera un pueblo entero.

El protagonista siempre había estado allí, inmóvil solo en apariencia, reflejando las nubes desde mucho antes de que alguien pudiera preguntarse quién era.

El lago esperaba.

Y, de alguna manera difícil de explicar, todavía espera.