El secreto que respira bajo el glaciar del Citlaltépetl Todo el mundo conoce la traducción literal. Citlaltépetl. El cerro de la estrella. Los manuales de geografía te dirán que los antiguos nahuas lo bautizaron así porque en las noches despejadas, su cumbre nevada brillaba a la luz de la luna como un astro caído. Es…

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Citlaltépetl: La estrella que murió de frío

El secreto que respira bajo el glaciar del Citlaltépetl

Todo el mundo conoce la traducción literal.

Citlaltépetl. El cerro de la estrella.

Los manuales de geografía te dirán que los antiguos nahuas lo bautizaron así porque en las noches despejadas, su cumbre nevada brillaba a la luz de la luna como un astro caído.

Es una explicación hermosa.

Poética.

Y, si le preguntas a los viejos de Coscomatepec, completamente falsa.

Para entender esta montaña, primero hay que entender el frío. No el frío de ciudad, el que se quita con una chamarra. Hablamos del frío antiguo. El que huele a metal. El que te quiebra los labios y hace que el aire se sienta como vidrio molido en los pulmones.

Ese frío no es clima. Es aviso.

Los hombres de hielo

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A principios del siglo XX, mucho antes de que existieran los alpinistas con equipo caro y colores vivos, existían los hieleros.

Hombres de piel curtida que subían con sus mulas de madrugada, cortaban bloques del glaciar de Jamapa, los envolvían en paja húmeda, y los bajaban a los pueblos para que hubiera nieves de limón y raspados de tamarindo en las fiestas patronales.

Conocían la montaña como se conoce a un pariente peligroso.

Y tenían una regla de oro, una sola, que se transmitía de padres a hijos como se transmite un rezo:

Si la cerrazón baja antes de las cuatro, se dejan las piquetas, se dejan las mulas, y se corre para abajo sin voltear.

No era miedo a perderse.

Era miedo a escucharla.

La verdadera estrella que murió en el Citlaltépetl

La leyenda —esa que no se pone en los folletos ni se cuenta a los que sacan fotos desde las carreteras de Veracruz— dice que el Citlaltépetl no se llama así por reflejar la luz.

Se llama así porque adentro, enterrada bajo el hielo, hay una estrella.

Pero no una de fuego.

Una estrella oscura. Algo que cayó del cielo mucho antes de que hubiera nombres, mucho antes de que hubiera nahuas, mucho antes incluso de que hubiera hombres para verla caer. Los viejos no la describen. Solo dicen que está. Que respira despacio. Y que el hielo lleva miles de años haciendo lo único que se puede hacer con algo así:

Tapándola.

Lo que la ciencia llama de otra manera

Los médicos deportivos tienen nombres bonitos para lo que pasa allá arriba.

Le dicen soroche. Mal de altura. Hipoxia. Explican que el cerebro, al quedarse sin oxígeno suficiente, empieza a fallar. A inventar cosas. A escuchar lo que no hay y a ver lo que nadie más ve.

Es una explicación limpia. Ordenada. Perfectamente lógica.

Pero si te sientas en el refugio de Piedra Grande con un guía de los de antes, mientras el viento golpea las láminas del techo como si quisiera arrancarlas una a una, y le preguntas en voz baja —porque estas cosas se preguntan en voz baja o no se preguntan— te va a decir otra versión.

Que a partir de los cinco mil metros, en la zona que llaman El Arenal, no es tu mente la que falla.

Es que algo empieza a llamarte.

Y una de las formas que tiene de llamarte es a través del calor.

El abrazo de la muerte

Todo alpinista serio conoce el fenómeno, aunque prefiera no hablar de él. Se llama desnudamiento paradójico.

Ocurre en las últimas fases de la hipotermia grave. Minutos antes de morir congelado, el cuerpo del caminante siente un calor abrasador. Un calor imposible, dulce, envolvente. Y entonces el moribundo se arranca la ropa. Se descalza. Se acuesta sobre la nieve con los brazos abiertos, sonriendo, como quien por fin llega a casa después de un viaje largo.

Los libros de medicina lo explican como un colapso del sistema nervioso: los vasos sanguíneos, que se habían cerrado para conservar el calor central, se abren de golpe, y el cerebro registra una ola falsa de tibieza justo antes de apagarse.

Los viejos arrieros lo explican de otra manera.

Dicen que ese calor no es del cuerpo.

Dicen que es de ella.

Que la cosa enterrada bajo el hielo se alimenta del calor humano, y que cuando encuentra a alguien lo bastante cansado, lo bastante solo, lo bastante alto, le manda ese abrazo hirviente por debajo de la nieve, como se manda un beso desde lejos.

Y que el hombre, agradecido, se entrega.

Macario

En el invierno del 47 pasó algo que en los pueblos de la falda del volcán todavía se cuenta bajito.

Un hielero al que le decían Macario subió a Jamapa como cualquier otro día. Cargó su mula, saludó a los compañeros, y se perdió en una tormenta blanca que llegó sin aviso, mucho antes de las cuatro.

Lo dieron por muerto.

Tres días después bajó caminando, solo, sin la mula, sin las piquetas, sin la chamarra.

Estaba vivo.

Pero su cabello, que había subido negro, bajó blanco como la ceniza del ocote. Y sus ojos, dicen los que estuvieron, ya no eran ojos: eran dos pozos quietos donde algo se había asomado y ya no se había ido del todo.

Macario nunca volvió a hablar.

Vivió muchos años más, callado, sentado casi siempre a la puerta de su casa, mirando hacia el volcán con una paciencia que no era humana. En las noches de invierno bajaba al pueblo y dibujaba con el dedo, en la tierra húmeda, espirales perfectas. Siempre iguales. Siempre apuntando al mismo lado del glaciar.

Nadie se atrevió nunca a preguntarle qué significaban.

Solo se sabe una cosa más de él, y es la que hiela.

Macario nunca volvió a acercarse a una fogata.

Cuando alguien encendía un cerillo cerca de él, se levantaba temblando y gritaba una sola frase, siempre la misma, con una voz que no le había vuelto a salir en veinte años de silencio:

“El calor los va a despertar.”

Se murió en su cama, ya viejo, en una noche sin luna.

Dicen que sonrió justo antes de morirse.

Y que estaba sudando.

Coda para el caminante

Hoy el glaciar de Jamapa se está muriendo.

Cada año que pasa, el calentamiento global le arranca un pedazo. Las rocas que llevaban miles de años dormidas bajo el hielo van saliendo despacio a la luz, como huesos de un cuerpo que alguien empezara a desenterrar sin permiso. Los vulcanólogos miden temblores, revisan gases, calculan probabilidades. Están preocupados por un posible despertar del volcán.

Quizá tengan razón.

Quizá sea eso.

Pero si algún día te animas a subir, y llegas de madrugada al filo del glaciar, y apagas por un momento la linterna frontal, y te quedas quieto sobre la nieve crujiente escuchando el zumbido bajo tus crampones…

vas a darte cuenta de que la montaña no ruge.

La montaña respira.

Despacio. Helado. Paciente.

Como quien lleva mucho tiempo esperando que le abran la puerta.

Y el hielo, ese hielo que Macario nos rogaba en silencio que no dejáramos derretir, cada año es más delgado.