Crónica de una madrugada de confusión, campanas y conspiraciónPor: Un vecino de la calle de de San Francisco, Dolores, Intendencia de Guanajuato.Madrugada del 16 de septiembre de 1810. Escribo esto a la luz de una vela de sebo, con las manos temblorosas y el corazón saltándome en el pecho. Afuera, la madrugada de este domingo…

por

¿QUÉ ESTÁ PASANDO EN DOLORES?

Un vecino de la calle de la Corregidora (antes de San Francisco), Dolores, Intendencia de Guanajuato. Madrugada del 16 de septiembre de 1810.

Crónica de una madrugada de confusión, campanas y conspiración
Por: Un vecino de la calle de de San Francisco, Dolores, Intendencia de Guanajuato.
Madrugada del 16 de septiembre de 1810.

Escribo esto a la luz de una vela de sebo, con las manos temblorosas y el corazón saltándome en el pecho. Afuera, la madrugada de este domingo es inusualmente fría, pero el ambiente quema. Yo no he podido pegar ojo. Hay gritos en el callejón. Se escuchan herraduras de caballos contra las piedras mojadas. Algo terrible —o milagroso— está por ocurrir en nuestro pueblo.

Porque creo saber de qué se trata.

Para entender el caos de esta hora, hay que entender el miedo que llevamos masticando meses. En el portal del mercado no se habla de otra cosa: los franceses se han quedado con el Reino. Ese diablo de Napoleón Bonaparte obligó a nuestro amado rey Fernando VII a abdicar, y nos han puesto de gobernante a su hermano, el tal “Pepe Botella”, que por cierto todos dicen que es un borracho sin más voluntad que la de su propio hermano.

O la de quien manda en su hermano.

Yo no sé si lo sea o no, sus vicios no son de mi incumbencia, pero ¿qué va a pasar con nosotros, los hijos de esta tierra? A mi juicio, es impensable caer en manos extranjeras, pero ya tiene tiempo que cuando estas cosas salen a relucir, muchos guardan un silencio sospechoso. En la plaza se rumora que los más ricos quieren entregarnos a los franceses con tal de mantener sus riquezas.

La tensión se corta con un cuchillo.

Hay tanto barullo allá afuera que cualquiera diría que vienen los moros. Yo diría que es el día de muertos, porque cada vez veo más iluminadas las calles por los reflejos de las antorchas.

Medianoche: Caballos y susurros en la casa del cura

Hacia la medianoche, el silencio de Dolores se rompió. Yo estaba por apagar mi linterna cuando escuché el galope furioso de varios jinetes. Venían de San Miguel el Grande. Vi de reojo, desde mi ventana, y reconocí al capitán Ignacio Allende y al oficial Juan Aldama. Iban pálidos, cubiertos de polvo. Cruzaron directo hacia la casa de nuestro párroco, el cura Miguel Hidalgo.

Los que vivimos cerca sabemos que en esa casa no solo se reza. Ahí se debate, se lee, se fabrica cerámica y se habla de cosas peligrosas. Y últimamente viene mucha gente de Querétaro fuera de las horas de la buena costumbre.

Hace un rato, la tía de mi compadre, que limpia en la parroquia, me susurró al oído: “Nos han delatado. El gobierno virreinal ya sabe que el cura y los militares planeaban algo”.

Yo que quieren que les diga, si hay que unirse a la causa, pues habrá que unirse. Cada quien tendrá sus motivos, pero los míos son muy claros. Si en la Villa y Corte, han aceptado sin más tener a un rey espurio, aquí primero tendrá que hacerse valer. Y francamente, no creo que a los franceses les alcancen los huevos.

Ni por asomo.

Además son muchos los que ya llevan tiempo llamando traidor al virrey. Sin ir más lejos, la semana pasada nomás saliendo de misa, nos invitó a desayunar mi hermana a una fondita aquí cerca.

—Hermano, no nos pueden imponer ese infame y mal llamado catecismo del emperador.—dijo en un tono más de sentencia que de solemnidad.

—Lo sé hermana, lo sé. Y no tengas pendiente, que muchos estamos dispuestos a tomar lo que haya que tomar. Pos faltaría más.

Mi hermana me creyó, y como quien toma una prenda, así tomó mis palabras y las guardó en su corazón. Pero a mí no me salen de la mente, porque una cosa es que las repita cada que haga falta, y otra que no tiemble como campana, y creo que ese momento ya llegó.

5:00 AM: El bronce que nos despierta el alma

Un golpe seco. Luego otro.

Otro más.

Mi piel se enchina y ya no tiemblo solo por el frío.

No es el toque pausado que llama a la misa de gallo. El campanario de la parroquia ruge con un repique violento, sordo, desesperado. El bronce truena en mitad de la penumbra como si el mismo cielo se estuviera cayendo sobre Dolores.

Mi hermana ha entrado a mi cuarto sin llamar. No dice nada. Tiene los ojos abiertos como platos y me tiende el viejo machete de mi padre que guardábamos en la bodega.

Me he puesto el gabán y he salido a la calle.

Nos asomamos a la calle de San Francisco. El frío de la madrugada ya no se siente; lo quema el aliento de cientos de personas que empiezan a salir de sus jacales. Vienen corriendo de los portales, del mercado, de las milpas. Algunos traen antorchas, otros lanzas de madera, la mayoría va con las manos vacías y el rostro desencajado por la confusión.

—¡Es el señor cura! —grita un tejedor que pasa corriendo a nuestro lado—. ¡El cura nos llama a la plaza!

Los gritos se volvieron bramidos y los pasos acelerados se salieron de control.

El grito que nadie esperaba

Caminamos a tropiezos entre el gentío. Al llegar frente al atrio de la parroquia, la escena me hiela la sangre. Ahí veo a don Miguel, con la sotana revuelta por el viento de la mañana, flanqueado por Allende y Aldama, que empuñan sus sables desenvainados. La luz de las teas ilumina el rostro del párroco. Ya no es el hombre pacífico que nos enseñaba a criar gusanos de seda; sus ojos despiden un fuego que nunca antes le había visto.

El fuego de la indignación.

“La paciencia sin decisión es pura cobardía”, decía mi padre.

“Y es tibieza”, dice mi madre.

Pero aquí y a estas horas, no creo que haya un alma tibia. Ni los serenos, ni los que estaban presos, que ya también andan sueltos entre la multitud. Nomás ahorita me dijeron que el señor cura ha mandado abrir las cárceles y yo creo que también el cementerio.

Hidalgo levanta una mano y el clamor del pueblo se apaga de golpe. Solo queda el eco moribundo de la campana. El aire huele a pólvora y a miedo. El cura toma aire, mira a la multitud de parroquianos que se agolpan para no perder detalle, y rompe el silencio con una voz que retumba en los muros de la iglesia, rebota en las paredes de adobe y parece decidida a despertar hasta a los muertos:

—¡Hijos míos! ¡Únanse conmigo! ¡Ayúdenme a defender la patria! Los gachupines quieren entregarla a los impíos franceses. ¡Se acabó la opresión! ¡Se acabaron los tributos!

La multitud murmura. El miedo a “Pepe Botella” y a perder nuestra fe es más grande que el miedo al virrey. El cura vuelve a tomar aire y su voz vuelve a retumbar ahora más fuerte:

—¡Viva la religión!

—¡Viva Nuestra Madre Santísima de Guadalupe!

—¡Viva Fernando VII!

—¡Muera el mal gobierno!

El grito sale de su garganta con una fuerza que yo no le conocía. No parece el hombre de los sermones pausados de los domingos; la luz de las antorchas le saca unos destellos en los ojos que dan miedo. La plaza entera se queda muda un segundo, como si las palabras del párroco flotaran en el aire frío de la madrugada, antes de que el desmadre se suelte de a deveras.

Dicen que a la calma hay que tenerle miedo.

Los llamados del cura se nos metieron en la sangre, pero de entre todos, uno fue el que nos caló mucho más. De eso sí puedo dar fe.

De pronto, un hombre ya entrado en años de un color como de alazán que estaba a mi lado levanta su machete de labranza.

—¡Nomás tráiganme aquí a Napoleón y a su hermano para que vean cómo aquí mismito les damos despacho!

Otros le jalean alzando sus palos y azadones. Un grito colectivo se levanta, un rugido de rabia ante la inminente amenaza.

La gente se está movilizando, las mujeres salen corriendo a sus casas.

—¡Espérame aquí tantito!

Muchas caras se van llenando de lagrimas, los niños intentan esconderse entre las pierdas de sus papás y los más pequeños lloran.

Las cosas se pusieron a peso y de a tostón

No sé cuanto tiempo ha pasado, pero el sol empieza a asomar por el horizonte de Dolores, pintando el cielo de un tono naranja casi sangriento. Pero el pueblo ya no es el mismo de ayer.

No sé si hoy se quedan las vacas sin ordeñar y el campo sin labrar.

La masa de gente no se disuelve. Al contrario, crece. Se ve que están llegando de los pueblitos de al lado. El cura Hidalgo ha ordenado marchar. ¿A dónde? Dicen que hacia San Miguel, luego a Celaya… quizás a México. No llevamos armas de guerra; llevamos lanzas, piedras, palos y herramientas de campo. He visto a mujeres con niños pequeños unirse a la columna.

Mi hermana llora mientras me bendice y me entrega un morral.

—Si lo que dice el cura es cierto y ya se armó, nosotros somos los únicos que podemos salvar nuestra fe y nuestra tierra, cualquier otra cosa hoy es pura traición.—sentencia mi madre mientras me jinca también su bendición.

El aire de Dolores hoy huele a pólvora, a sudor de buey y a unas palabras que resultan extrañas y que todos están repitiendo como si de una consigna se tratara: Dios nos perdone si nos estamos equivocando.

Pero hoy, Dolores se ha levantado.