
La Torre Latinoamericana es un emblemático rascacielos ubicado en el centro histórico de la Ciudad de México. Fue inaugurada en 1956 y en ese momento fue el edificio más alto de la ciudad y de América Latina. La torre tiene 44 pisos y una altura de aproximadamente 182 metros.
Uno de los aspectos más interesantes es su resistencia sísmica. Ha resistido varios terremotos importantes, incluido el terremoto de 1985 en la Ciudad de México, gracias a su diseño y tecnología de construcción avanzada para su época.
Tiene un sistema de amortiguadores hidráulicos en su estructura para ayudar a reducir el impacto de los movimientos sísmicos.
La primera modernidad
Había una vez —porque toda torre que se respete merece un “había una vez”— un terreno en la esquina de Madero y el Eje Central que decidió crecer hacia arriba en lugar de extenderse como lo hacían las haciendas de sus ancestros. Era 1956, y México tenía prisa por rascarse el cielo.
En la capital, todavía acostumbrados a que sus edificios más altos fueran las torres de las iglesias barrocas, levantaban el cuello como gallinas curiosas cada vez que pasaban por la construcción. “Se va a caer”, decían las comadres del mercado. “Es un despropósito”, murmuraban los señores con sombrero. Pero ahí seguía creciendo aquel esqueleto de acero, terco como mula de San Juan.
El vals del temblor
Lo curioso es que la Torre Latinoamericana nació sabiendo bailar. Augusto H. Álvarez, su arquitecto-coreógrafo, la diseñó con la flexibilidad de un sauce y la obstinación de un nopal. Le puso cimientos flotantes —¡flotantes, como si fuera barco sobre el lodo del lago de Texcoco que nunca se fue del todo!— y una estructura que podía mecerse sin quebrarse.
Y llegó 1985. El terremoto. La ciudad se desmoronó como castillo de naipes. Cayeron los edificios modernos, los que presumían de concreto y progreso. Cayeron tantos… Pero la Torre Latinoamericana se quedó ahí, bamboleándose, meciéndose, haciendo su danza de 44 pisos sobre el barro histórico de un lago escondido, sin un solo vidrio roto. Como burla dadaísta al sentido común: lo viejo que resiste y lo nuevo que se desmorona.
El mirador de las metamorfosis
En el piso 44, generaciones de provincia han subido a “conocer el Distrito Federal desde arriba”. Ahí están las fotos: familias completas con suéteres idénticos tejidos por la abuela, parejas de novios tomándose las manos mientras contemplan el smog como si fuera romántico, niños pegando la nariz al vidrio buscando su casa invisible en el hormiguero urbano.
La cafetería giratoria del piso 41 ha visto de todo: declaraciones de amor entre tazas de café aguado, despedidas de soltero de burócratas, reuniones de negocios turbios, turistas de cualquier nacionalidad girando lentamente sobre el ombligo de la ciudad, sin darse cuenta de que ellos también son observados desde abajo, pequeñas partículas girando en un edificio que gira en una ciudad que gira sobre una falla geológica que algún día volverá a bostezar.
El monumento involuntario
Nadie planeó que la Torre se volviera símbolo. Simplemente ocurrió. Como ocurren las leyendas: por terquedad y supervivencia. Mientras otros edificios más altos la han superado (la Torre BBVA, la de Pemex, la Torre Reforma con su look de modelo de pasarela), la Latinoamericana sigue ahí, regordeta y art déco, anticuada y vigente, como esas tías que usan el mismo peinado desde los sesentas y precisamente por eso se ven fabulosas.
Es Patrimonio Mundial desde 2004, no por ser la más alta o la más bella, sino por ser la más terca. Por haber dicho “no” al terremoto con la insolencia de quien conoce sus raíces —raíces que flotan, paradójicamente, sobre pilotes en el lodo—.

Epílogo para los que miran hacia arriba
Cada mañana, cuando el sol pega sobre sus ventanas y la Torre lanza destellos sobre el Centro Histórico, uno puede imaginarla riéndose un poco de todos nosotros. Los que corremos abajo, atrapados en el tráfico de Madero, en nuestras torres corporativas de cristal, en nuestra modernidad desechable.
Ella sigue ahí, la señora de 181 metros, viendo pasar las décadas como quien ve llover, sabiendo que la verdadera altura no se mide en pisos sino en la capacidad de mecerse con los golpes y no quebrarse.
Y eso, amigos, es más dadaísta que cualquier urinario firmado.